A lo largo de la historia es frecuente encontrarnos con artistas que también dedicaron a la escritura una gran parte de su tiempo. Actualmente casi todos los pintores, escultores, músicos, etc. tienen una obra literaria o ensayística considerable. Estos días se pueden ver en Madrid tres exposiciones de tres grandes artistas contemporáneos que también escribieron durante toda su vida. Kandisnky (con exposición en el CentroCentro de Cibeles) publicó artículos en revistas como “El jinete azul” y las obras teóricas “Punto y línea sobre el plano” y “De lo espiritual en el arte”. El suizo Max Bill (su exposición puede verse en la Fundación Juan March), escribió también en revistas como, “Information”, que él mismo diseñó, y fue editor de las obras de Le Corbusier y del propio Kandinsky, que fue su profesor, para las que hizo prólogos introductorios. Por su parte, Edward Munch (en el museo Thyssen Bornemisza), además escribir teoría sobre su pintura, guardaba todos sus escritos: cuadernos del colegio, esbozos literarios, fragmentos de obras nunca terminadas, cartas, artículos, telegramas, listas de la compra, postales, escritos de memorias y de arte… Con una selección de todo eso la editorial Nórdica publica “El friso de la vida”, título tomado de una de sus series pictóricas. En él hay un gran número de aforismos y reflexiones sobre el arte, en los que expresa, paralelamente a su pintura, las obsesiones que le acompañaron toda su vida, de una manera ahora literaria. A lo largo de sus “Esbozos literarios”, Munch va dando pistas sobre la génesis de algunas de sus obras: “Vampiro”, “Madonna”, “La sirena”, “Melancolía”, “El beso”, “Asesinato”… y, claro, “El grito”: “Paseaba por el camino con dos amigos cuando se puso el sol. De pronto el cielo se tornó rojo sangre… la sangre se extendía en lenguas de fuego… sentí que un inmenso grito recorría la naturaleza”.

La vida de José Isaías Rodríguez ha estado siempre ligada a la Unión Europea. Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales en Sevilla, mientras terminaba su carrera compaginando sus estudios con el trabajo en una empresa como controller, se dio cuenta de que esta actividad no satisfacía sus inquietudes, que pasaban por salir de la capital hispalense. Fue entonces, a través de un anuncio en el diario ABC de Sevilla, cuando se enteró del primer curso sobre Comunidades Europeas que iba a impartirse en la Escuela Diplomática de Madrid, bajo la dirección de Alberto Ullastres. Con la intención de “ampliar horizontes profesionales y la visión del mundo” que le rodeaba, se presentó, fue seleccionado y comenzó así, cuando todavía eran pocos los que se daban cuenta de su importancia, una pasión por los temas europeos que posteriormente le llevó, gracias a una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores, a estudiar un Máster en Estudios Europeos en la Universidad Católica de Lovaina, y a sumergirse de lleno en la realidad de las entonces Comunidades Europeas a través de un stage en la Dirección General de Política Regional de la Comisión Europea. Privilegiado observador del proceso de integración en las últimas décadas, ha pasado treinta y tres años de su trayectoria profesional en la Confederación Española de  Organizaciones Empresariales (CEOE), entre Madrid y Bruselas, y veinticuatro como consejero del Comité Económico y Social Europeo (CESE).

Que a Europa nos la habían raptado ya lo tenía claro. La mitología clásica fabula con la historia de amor salvaje entre Zeus y una bella joven que recogía flores cerca del mar.  Como el mandamás del Olimpo era muy impetuoso, engatusó a la muchacha transformándose en toro. En fin cosas, de los mitos. El caso es que una vez Europa se ajustó a sus lomos, el toro puso sus patas en polvorosa hacia la isla de Creta, allí con la calma mediterránea. El disgusto de la familia de Europa fue tan tremendo como previsible y se dispusieron a buscarla entre mil y una aventuras. El más espabilado en este cometido era Cadmo, que mientras investigaba acerca del paradero de su hermana inventó el alfabeto griego. De nuevo, cosas de los mitos… pero ojalá hubiera un Cadmo hoy día que encontrara a esa Europa que se me ha perdido. Ya ni siquiera la veo en los titulares. Ni tampoco en la retórica de terciopelo de los que dicen defenderla. Donde me ha parecido atisbarla es en las miradas de aquellas personas que soñaban con ella cuando dejaron todo en Siria donde los enemigos  son muchos y a ciencia cierta no se sabe cuál es peor. Donde estoy seguro que me la he encontrado de bruces es en el número del reparto de asilados políticos entre los Estados miembros de la UE. Sí, debía de ser ella, pues para algunos ámbitos es tremendamente expeditiva y burocrática. Una ecuación, un poquito de solidaridad, y problema resuelto. El caso es que me da la sensación de que Europa —si es ella, la que yo recordaba— yerra en el tiro. Por un lado porque la ecuación no despejaba las incógnitas; por otro, porque la solidaridad hizo aguas y eso pese a que el problema es serio. 

Cada día que pasa la Unión Europea (UE) afea un poco más el retrato de sí misma que ha dibujado a lo largo de la crisis siria. La avalancha de refugiados del verano, la reafirmación del compromiso histórico de Rusia con Siria y las consecuencias sangrientas de la política del régimen islamista del turco Erdogan exponen en toda su crudeza la inanidad de una UE a la que ya no solo se le puede achacar ser en política exterior un apéndice de EE UU. También el exponer temerariamente a sus ciudadanos y la seguridad mundial por su incapacidad para definir sus propios intereses, su desconocimiento de la Historia y su majadera insistencia en encubrir su irrelevancia con propaganda semántica de la mala, de esa que por poco creíble ya ni siquiera usan los yihadistas ni los EE UU, con agendas coincidentes en Siria desde el día uno.

 “El que más vale no vale tanto como vale Valle”. Esta divisa, que figura en el escudo de los Valle-Inclán, dio pie al escritor para atribuirse unos inciertos orígenes nobiliarios heredados de sus antepasados. Basándose en ellos, en algún momento de su vida solicitó la concesión de los títulos de marqués del Valle, vizconde de Viexín y señor de Caramiñal. Su tío abuelo Benito Montenegro, que inspiró el personaje de don Juan Manuel, el de las Comedias bárbaras, descendía, según don Ramón, de una emperatriz alemana en cuyo blasón figuraban espuelas de oro sobre campo de plata. Valle-Inclán explotó siempre que pudo su ascendencia aristocrática para recrear una imagen a la que fue añadiendo los atributos  intelectuales y estéticos que conforman su leyenda. Dedicó toda su vida a cultivar esta imagen que, al margen de su excepcionalidad literaria, le proporcionó un halo de originalidad que lo diferenciaba de la monotonía de sus contemporáneos. A ello se dedicó ya desde su juventud, muchas veces convirtiendo en fantasías algunas de sus vivencias y otras falseando directamente la realidad. Dos libros recientes, “Ramón del Valle-Inclán. Genial, antiguo y moderno” (Espasa), escrito por su nieto Joaquín del Valle-Inclán, y “Valle-Inclán. La espada y la palabra” (Tusquets), de Manuel Alberca, han investigado con rigor su biografía y recrean algunos de sus episodios más fantásticos.

Acaba de publicarse una encuesta del CIS que revela que “El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha”, la obra cumbre de la literatura española y una de las más importantes de la literatura universal, en la actualidad sólo la leen dos de cada diez españoles y que a casi la mitad de éstos (40%) no les ha gustado. Incluso es posible que los resultaos sean peores porque se dice que hay quien se avergüenza de reconocer que no lo ha leído.  Este año, en que se conmemora el 400 aniversario de la publicación de la segunda parte del Quijote, se han registrado varias iniciativas que pueden mejorar  estos datos porque tratan de hacer llegar esta obra a todo tipo de lectores.

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