Quise cerrar los ojos ante la tragedia. París no podía volver a removerse cuando ni siquiera se había cumplido un año de los atentados en la redacción de Charlie Hebdo y el supermercado de comida ‘kosher’ de enero de este 2015. “¿Es que no hemos aprendido nada después de todo?”, me dije. En realidad, pocas cosas han cambiado desde entonces. Siria sigue siendo un avispero y el centro de una seria disputa internacional sobre la cual, en algún momento, Washington y Moscú siempre los mismos contrapesos deciden tratar de plantear alguna puesta en común. La amenaza del llamado ‘Estado Islámico’ convulsiona los cimientos de la pretendida serenidad occidental. Y el olvido sobre los otros focos del radicalismo (Nigeria, Somalia, Yemen, etc.) sigue siendo también el mismo.

La condena a los atentados simultáneos de París es obligada y prioritaria. Vaya, pues, por delante del igualmente imprescindible análisis. Un ejercicio que en primer lugar exige deslindar estos ataques de los sufridos en la misma capital francesa a principios de año. Aquellos respondían a otra lógica –no por distinta, menos perversa-. La revista satírica Charlie Hebdo llevaba años en el punto de mira de grupos e individuos violentos de inspiración islamista radical por su reiterada publicación de caricaturas y textos sobre el islam y en particular del profeta Mahoma. El otro ataque que se produjo ese día se registró en un supermercado de productos autorizados por la religión judía, confesión que desde la creación del Estado de Israel sufre a su pesar las consecuencias de aquel hecho que desde entonces genera una tensión manifestada espasmódicamente de forma violenta en Palestina pero también en otros lugares. Un hecho político que en origen no tiene nada que ver con la religión y sí con las causas de un conflicto material clásico: la disputa por un territorio, en este caso, el palestino. Los majaderos intentos por presentarlo como una guerra de religiones es, sin embargo, un deliberado intento propagandístico de encubrir la causa real y primigenia del mismo y en el que tanta responsabilidad tienen las potencias occidentales que validaron la partición y ocupación de Palestina.

El madrileño es un ser chulo por naturaleza. Si no, qué persona cabal instauraría en santo matrimonio al cocido y al bocadillo de calamares como platos típicos de la Villa y Corte. Vanagloriar un producto, en una ciudad que, amén de su anexión estival de Gandía, tiene el mar a 300 kilómetros o a dos horas de Benidorm en distancia de cuñado, es como mínimo un disparate o, mejor dicho, un alarde de chulería.

En los años sesenta del siglo XX hizo fortuna el título de un libro que dio a conocer internacionalmente al semiólogo Umberto Eco. “Apocalípticos e integrados en la cultura de masas” (Ed. Lumen) recogía la polémica entre quienes defendían la importancia de la cultura de masas en la sociedad contemporánea y quienes la calificaban de seudocultura, afirmando que sus valores comerciales y de consumo no permitían integrarla en la cultura tradicional. La polémica no era nueva. Se trata de una constante que se viene planteando desde hace siglos en la historia de la cultura, una controversia similar a la que entre los siglos XVI y XVIII protagonizó la querella entre los Antiguos y los Modernos (véase el ensayo de Marc Fumaroli “Las abejas y las arañas”. Acantilado), la que en los años 30 del siglo XX trajo a España Ortega y Gasset con “La rebelión de las masas” (Espasa), reflejo asimismo de las propuestas de los filósofos de la Escuela de Frankfurt. La publicación del ensayo de Vargas Llosa “La civilización del espectáculo” vino a renovar la polémica sobre el enfrentamiento entre las diferentes culturas.

Los opositores al gobierno dicen que en Venezuela no hay papel higiénico en supermercados y droguerías de barrio. Los partidarios del ejecutivo de Nicolás Maduro afirman que no es verdad y que cuando falta de las estanterías es por el acaparamiento de algunos en el marco de una estrategia para debilitar a través del desabastecimiento a un gobierno que se reclama popular. Un debate muy parecido se dio en el Chile de Salvador Allende hace ya cuarenta y cinco años, un periodo que golpe de Estado mediante acabó en 1973 dando paso a una dictadura militar y la entronización de un sistema socio económico de libre mercado que llegó a asustar al mismísimo ideólogo del mismo, el profesor de la Universidad de Chicago Milton Friedman. Para atemperar el malestar que a los chilenos les provocó semejante tratamiento de choque –Noemi Klein-, se les dijo que el esfuerzo valdría la pena. Que pasados unos años verían las ventajas de un modelo que deja todo en manos del mercado, un mercado siempre abastecido y tan perfecto que de la mano de la competencia regularía por sí mismo los precios siempre en beneficio de los consumidores, que no ciudadanos, claro. Por algo el sistema se impuso a través de un golpe de Estado.

La Navidad está en todas partes. O por lo menos lo estaba. El Ayuntamiento de Madrid, con Manuela Carmena al frente, parece que no tiene muy claro qué hacer con una fiesta que pese a gustar a la gran mayoría del electorado, cuaja igual que la nieve en el Manzanares con los postulados de Ahora Madrid y de Podemos.

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