Lo que Gianni Vattimo, Jean-François Lyotard o Gilles Lipovetsky llaman ‘la condición posmoderna’ comenzó a gestarse en la actual civilización europea desde poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial y hoy es ya la cultura predominante en occidente. Vino a sustituir a la cultura moderna nacida durante la Edad Media y consolidada durante los siglos XV al XIX, época durante la que se habían construido los principios sobre los que ésta descansaba: la tradición clásica y las creencias religiosas de raíz judeocristiana. Durante todos estos siglos la fe y la razón fueron los principios sobre los que discurrió la cultura occidental, dos formas de conocimiento basadas una en la revelación y la otra en la inteligencia.

En los últimos años, la Unión Europea se ha enfrentado a la mayor crisis económica de su historia reciente. Los Estados Miembros han sufrido en sus propias carnes una crisis económica sin precedentes, pero también han podido experimentar una sensación de seguridad gracias a la solidaridad europea. Somos parte de un club en el cual prima teóricamente el bienestar de todos por encima del interés nacional, aunque a veces sea difícil de conjugarlos.

El estreno esta semana en España de la película húngara “El hijo de Saúl”, premiada en Cannes y globo de Oro a la mejor película extrajera (y posible Oscar de Hollywood a la mejor de habla no inglesa), trae de nuevo a la actualidad y a las pantallas del  cine el tema del Holocausto, sumándose a anteriores obras audiovisuales documentales (“Shoah” de Claude Lanzmann) y de ficción (de “La lista de Schlinder” a “La vida es bella”). Además del cine, la literatura y el ensayo han proporcionado documentos impagables para conocer el verdadero alcance de la locura que supuso la voluntad de exterminar a los judíos durante el mandato de Adolf Hitler. Autores como Primo Levi, W.G. Sebald y últimamente Martin Amis, han tratado desde ópticas diversas, el holocausto judío. Pero para entender en toda su fanática crueldad lo que fue realmente la persecución pocos libros como el que hoy traemos a este Oficio de Lecturas.

Ser concejal del Ayuntamiento de Madrid empieza a ser aburrido. Al menos, eso me confesaba el otro día, en una entretenida copa de Navidad de esas que por estos tiempo tanto abundan –porque con la crisis las cenas pasaron a ser copas y éstas a vinos españoles-, un edil en la oposición del Consistorio madrileño. “Está poco entretenido”, me decía ante mi asombro. Y, después de pensarlo, no me extraña.

En Navidad, los distintos engranajes de la sociedad de consumo se ponen en marcha, perfectamente engrasados por la publicidad. Los medios de comunicación nos bombardean con mensajes de consumir novedades, alimentos con sobreprecio, regalos, adornos… Un estilo de vida dónde la opulencia es el principal eje sobre el que giran estas fiestas. En un momento que se está abordando la supervivencia del Planeta, en la Cumbre sobre cambio Climático de París,  abanderar el mensaje de compartir estas fechas con los nuestros, sin que destaquen por el materialismo de los regalos. Debemos apelar por el reducir el consumo y buscar la  responsabilidad personal en cada acto, más que en nunca en el período navideño. Nuestros actos cotidianos pueden ayudar a transformar la sociedad. Podemos cambiar prácticas para contribuir a un mundo mejor. Leer el etiquetado, cuestionarnos el origen o la composición de los productos, acudir a tiendas de trueque, de segunda mano o mercadillos solidarios, reducir, reutilizar y reciclar para evitar el derroche.

Resulta inquietante el furor que pueden llegar a desprender los versos de Rimbaud cuando uno se decide a leerlos, porque no parece producto de una lucha contra el sistema, una inquietud moral o social; sino de un inconformismo casi metafísico en el que la sangre hierve por el simple hecho de existir. Se trata de un odio que emana de sus adentros de manera indiscriminada, hacia aquel lugar en el que encuentre algún tipo de agravio. Parece haber sido dotado de algún tormento especial, como un misterioso privilegio que siempre le ha mantenido alerta ante las injurias y sinsentidos de este mundo que lo han terminado por alejar de toda consolación, de toda simpatía humana.

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