El asunto de las cámaras ocultas es ciertamente un caso típico de confusión legal y  periodística. Ni en todos los países, ni todos los jueces dentro de un mismo país – el nuestro sin ir más lejos- han dictado siempre resoluciones en un sentido unívoco que permita a los profesionales saber a qué atenerse. Tampoco todos los medios coinciden en la valoración ética o deontológica de algunas de estas prácticas, entre las que cabría incluir también, no solo la toma de imágenes sin autorización, sino la ocultación de la condición de periodista, mediante la pura no declaración o mediante suplantación.

Acaba de reeditarse en España Los elementos del periodismo (Aguilar), un manual escrito en 2003 por dos reporteros norteamericanos, Bill Kovach y Tom Rosenstiel, que son responsables también del Proyecto por la Excelencia en el Periodismo y el Comité de Periodistas Preocupados, dos iniciativas de rearme profesional surgidas de la percepción del grave menoscabo que está sufriendo esta actividad en los EEUU (más información sobre ellas en www.journalism.org).

Llevo cinco años recomendando la lectura de este libro a los alumnos de primero de Periodismo, pues me parece que diagnostica con precisión el origen del problema y receta algunos remedios que, sin ser originales, resulta imprescindible administrar. Y quiero aprovechar la amable oportunidad que me brinda el periódico de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, cuyo nacimiento celebro como profesor y ex alumno de esta casa, para recordar ambos aspectos.

 

Los periodistas somos profesionales al servicio de la Democracia. Nuestra función pública es dar cumplida respuesta al derecho a la información que poseen los ciudadanos en los Estados de derecho. Somos parte esencial del engranaje, por lo que no podemos descuidarnos ni bajar la guardia en nuestro cometido social. Nuestras actuaciones profesionales han de estar siempre a la altura de lo que se espera de nosotros: fidelidad y ponderación en los hechos, templanza y justicia en las opiniones. Las ideologías son legítimas mientras no se altere la verdad en la narración y análisis de los acontecimientos. La unilateralidad que sólo sabe ver una de las partes, la tergiversación que cambia, adultera y trastoca conscientemente la interpretación de la realidad, el silencio que oculta y calla los talantes de las circunstancias que no son de nuestro agrado o de quienes nos pagan, las valoraciones que enormizan o disminuyen fuera de su justo sentido la intensidad y cualidades de las cosas, los enjuiciamientos torticeros y banales…, todo eso que nos acerca más al oficio de teatreros y fantoches, o nos enreda en actuaciones profesionales que no son las nuestras, no es propio de periodistas que se precien en ser llamados y tomados como tales.

El periodismo ha sido y es un elemento esencial en un sistema democrático. El grado de calidad de una democracia puede medirse por el grado de libertad informativa que exista en esa sociedad. A veces la botella está medio llena, a veces medio vacía, pero en todo caso nuestro objetivo debe ser llenar esa botella.

Para que exista una auténtica opinión pública libre es necesario un periodismo libre. La complejidad del mundo en que vivimos y la imposibilidad material de realizar todas las tareas precisas para nuestro desarrollo personal ha llevado a que vivamos con continuas delegaciones tácitas. Delegamos en otras personas para que nos curen, nos defiendan ante los tribunales, nos suministren alimentos, nos arreglen la instalación eléctrica… y, nos proporcionen información.

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