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Lunes, 25 Abril 2016 21:00

Chernóbil: El accidente nuclear que conmovió al mundo

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El accidente nuclear de la central de Chenóbil, cumple esta semana 30 años, un acontecimento que cambió muchas cosas, entre otras seguramente el futuro de la antigua URSS. El único libro de Svetlana Aleksievich publicado en España cuando le concedieron el Nobel de literatura era Voces de Chernóbil (DeBolsillo), escrito en 1997. Después de leerlo, uno es más consciente de la tragedia desatada por el accidente de la central nuclear y del peligro al que estuvo sometida toda Europa a partir del 26 de abril de 1986. Entonces, la noticia creó en los europeos una alarma bien justificada, pero nos quedaba muy lejos una tragedia cuyas consecuencias no acertábamos a valorar y de la que no era fiable la información que se recibía desde la Unión Soviética. Diez años después de aquel accidente nuclear, el más grave del siglo XX, Svetlana Aleksievich recorrió los escenarios a los que afectó con más virulencia el incendio de la central y la nube radiactiva que se extendió por los territorios próximos, sobre todo en Bielorrusia, su país, cuya cercanía lo convirtió en su víctima más directa. Voces de Chernóbil es un dramático lamento coral de las consecuencias de aquella tragedia. Aleksievich no escribe nada sobre el accidente ni sobre sus consecuencias. Se limita a poner delante de los micrófonos de su grabadora las voces de un rosario de personas que se vieron afectadas por las consecuencias de la radiación y que cuentan lo que les pasó a ellos y a sus familiares, a sus amigos y a sus vecinos: enfermos, evacuados, muertos durante el accidente o como consecuencia de la radiación. A través de sus testimonios se rescata la historia omitida de Chernóbil.

Dolor, muerte, miedo , incertidumbre

El dolor atraviesa las páginas de este libro en las palabras de los testigos de la tragedia. Comienza con el dolor por la muerte de un bombero que participó en las labores de extinción del incendio, en la voz de su joven esposa, embarazada de una hija que también murió al nacer, y termina con el dolor de una joven enamorada de su marido, de quien ve cómo su cara y su cuerpo se deforman día a día: “le extirparon los ganglios, la nariz creció al triple de su tamaño, los ojos se le desplazaron a los lados… la lengua se salió afuera, empezaron las hemorragias del cuello, de las mejillas, de los oídos… lo único que quería yo es que no se viera a sí mismo”. El dolor de los niños, cuyos testimonios estremecen. También la incertidumbre, la de quienes participaron en las labores de extinción, cuando ven que los compañeros se ponen enfermos, se vuelven locos, se van muriendo poco a  poco o se suicidan. Y la percepción del rechazo por parte de la sociedad, el temor de la gente al contacto con quienes han estado expuestos a las radiaciones. Se creó entonces una nación nueva, dice uno de los entrevistados, la nación de Chernóbil, la patria de los apestados, de los deformes, de los enfermos, de los condenados a muerte.

En la misma dimensión se sitúa el drama de los desalojos de pueblos enteros, el abandono urgente y definitivo de las casas con la falsa promesa de retornar en pocos días. Una tragedia de dimensiones gigantescas. La tierra contaminada que seguía dando sus frutos jamás volvería a ser sembrada, los pozos de agua cristalina fueron cegados para siempre. Miles de animales abandonados en casas y corrales. Perros, gatos, vacas, jabalíes… exterminados luego por cazadores contratados para matarlos y enterrarlos. Miles de gorriones muertos cubriendo las calles, las plazas y los jardines de los pueblos. Brigadas de personas enterrando tierra en la tierra. Las casas fueron saqueadas para robar objetos de valor, contaminados,  que se vendían en mercados clandestinos, extendiendo la muerte a compradores ingenuos: alguien que compró un gorro de zorro y se quedó calvo, otro que se compró un fusil barato sacado de una fosa y se murió. Un fotógrafo: “La gente se ha marchado, y en la casa se han quedado a vivir sus fotografías. Como quien dice, sus almas”.

Una crítica a la política y a la incompetencia

No falta en este coro de voces la crítica a la política de la URSS, a la incompetencia, a la censura, al comunismo. Se vivían entonces los primeros años de la Perestroika, pero a los medios oficiales volvía el léxico estalinista y a la invención de culpables, de “enemigos del socialismo”, de “operaciones de desestabilización”, de “agentes de los servicios secretos occidentales”… todos ellos, según la propaganda, decididos a acabar con la unión indestructible de los pueblos soviéticos. Retumban los televisores día y noche: “¡Camaradas, no prestéis atención a las provocaciones!”. La KGB imponía el silencio a los participantes en la extinción de la central, les hacían firmar que  mantendrían en secreto lo que habían visto. Secretos los datos del accidente, secretos los informes médicos, secretos los detalles sobre lesiones radiactivas… A los cámaras de televisión la KGB les retiraba las cintas y se las devolvía veladas. Estaba prohibido filmar la tragedia, sólo se permitía grabar el heroísmo. Los medios jaleaban a los liquidadores (los encargados de limpiar los terrenos contaminados) y hablaban de una “esmerada organización”, cuando el caos era tan evidente. Los dosímetros para medir la radiación no funcionaban, el material era inservible o se había quedado obsoleto: “Los dosimetristas comprobaron que nuestro comedor se había construido en una zona donde la radiación era mayor que la del lugar adonde íbamos a trabajar. Y nosotros estábamos allí desde hacía dos meses”. La ciencia y la medicina fueron secuestradas por la política. Todo el mundo tenía más miedo a la ira que les podía llegar desde arriba que a los efectos del átomo, mientras las autoridades tomaban para ellas las medidas negadas a la ciudadanía: “Cuando los exploró el personal de nuestro instituto, todos tenían la tiroides limpia. Algo imposible sin el yodo. También a sus hijos los sacaron a escondidas del desastre. Y cuando iban a visitar las zonas, ellos sí que llevaban máscaras, trajes especiales. Todos los medios que les faltaba a los demás”, dice Vasili Borísovich Nesterenko, entonces director del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Belarús. La esposa de un liquidador cuenta: “En el comedor, en la planta baja, se tendía también la ropa, se servían fideos y conservas… Pero en el primer piso, donde estaban los jefes, había fruta, vino tinto, agua mineral. Manteles limpios. Y cada uno tenía su dosímetro. En cambio a ellos, ni uno para toda la brigada”.

Y claro que hubo héroes. Cuando existió el peligro de una explosión termonuclear y se impuso la necesidad de soltar el agua debajo del reactor para evitar una explosión de hasta cinco megatones, que hubiera podido afectar a una zona enorme de Europa, algunos voluntarios se zambulleron en el agua contaminada y abrieron aquella compuerta. Les dieron 7.000 rublos a cada uno (aunque no los coches y los pisos que les habían prometido), aunque ellos no lo hicieron por razones materiales. Murieron todos.

Nada ha terminado

El accidente de Fukushima en marzo de 2011 volvió a encender en todo el mundo las alarmas del problema de las centrales nucleares. El primer año después de Chernóbil un millón de toneladas contaminadas se transformaron en pienso, que se dio a comer a ganado cuya carne fue consumida por humanos. A lo largo de los campos se veían carteles: ALTA RADIACIÓN. Pero los campos se seguían cultivando por tractoristas en cabinas abiertas, respirando polvo radiactivo. En Bielorrusia se registraron 20.000 abortos sólo en el 92. Aún hoy, 30 años después de la tragedia de Chernóbil, son incalculables los efectos provocados y hay muchos aún por detectar. De diez millones de bielorrusos, dos millones siguen viviendo en tierras contaminadas. No se recomienda bañarse, comer pescado o caza de la zona ni recoger setas y frutos. Ni flores. Es posible que las toneladas de tierra contaminada y enterrada en descampados liberen con los años sus radiaciones que, arrastradas por la lluvia, irían a las aguas subterráneas.

Ahora, los visitantes que se acercan a Chernóbil en excursiones organizadas contemplan la ciudad fantasma de Prípiat, el “sarcófago” con los restos de la central, que se eleva amenazador entre el paisaje desolado, las manadas de lobos y jabalíes que se han reproducido sin control y recorren las calles de las aldeas abandonadas. Una locura sobre otra: la tragedia de Chernóbil ha creado un turismo nuclear que goza de una gran demanda.

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