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Martes, 24 Noviembre 2015 18:15

Las invasiones bárbaras

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Lecturas para después de los atentados terroristas de París

La idea de bárbaros que se nos transmite desde nuestros primeros contactos con la historia es la de pueblos nómadas que invaden a sangre y fuego civilizaciones avanzadas para imponer un nuevo sistema basado en valores como la fuerza y la violencia. El ensayista alemán Wolfgang Schivelbusch dice (La cultura de la derrota) que el miedo a ser derrotados y destruidos por hordas bárbaras es tan viejo como la historia de la civilización. Por eso la metáfora ha sido utilizada con frecuencia en la literatura (Esperando a los bárbaros de J.M. Coetzee) y el cine (Las invasiones bárbaras de Denys Arcand) para denunciar tanto los peligros de adoptar nuevas costumbres y valores como los métodos para impedir una supuesta destrucción sutil de nuestros modelos de cultura y civilización a cargo de elementos infiltrados. Los procedimientos a través de los que se manifiestan los nuevos bárbaros serían las mutaciones culturales y la inmigración.

Los bárbaros de Todorov

El miedo a los bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros. Este es el principio sobre el que descansa el ensayo de Tzvetan Todorov El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg), que recorre la evolución de la civilización y la cultura europeas desde los orígenes grecorromanos a las actuales sociedades multiculturales, donde lo arcaico cohabita con lo ultramoderno.

Todorov clasifica a los países del mundo actual en tres categorías: aquellos que han estado al margen y ahora quieren participar (los emergentes), los que han sufrido humillaciones reales o imaginarias por parte de los más ricos y poderosos y por ello están cargados de resentimientos, y los países occidentales, presas del miedo a las dos categorías anteriores. Los países occidentales tienen derecho a defenderse de las amenazas que puedan suponer para sus valores los apetitos y los resentimientos, pero una defensa desproporcionada se identifica con la barbarie y produce siempre resultados contrarios a los esperados. La invasión de Irak y las torturas en Guantánamo y Abú Ghraib ilustran de manera muy clara las reacciones que provocan los abusos. El miedo a causa de las agresiones sufridas refuerza los golpes de unos; el resentimiento alimentado por humillaciones pasadas y presentes conduce a otros a actos cada vez más violentos y desesperados. La solución reside en la tolerancia y la moderación. 

Las palabras civilización y cultura adquieren significados diferentes cuando se utilizan en plural (civilizaciones y culturas). La civilización es siempre una (su valor absoluto es el de oponerse a la barbarie), mientras la cultura es plural. El término cultura se refiere al conjunto heterogéneo de formas de vida colectiva y sirve de vínculo a la comunidad que la comparte: tiene un significado más amplio que el de civilización. El avance hacia la civilización ha de hacerse aceptando previamente la pluralidad cultural, sin considerar que ninguna cultura es superior a otra. La evidencia de que todo individuo es pluricultural (una mujer médico, cristiana, europea y  ecologista reúne en sí misma todas estas culturas y otras más) y de que su cultura es una amalgama de culturas anteriores, viene a demostrar que todas las culturas son mixtas, híbridas, mestizas (elíjase el término que se prefiera) y además están en continua transformación. Por lo tanto no hay culturas supervivientes; la cultura que no ha cambiado es una cultura muerta. Y, como los individuos, también las sociedades y los estados son multiculturales. Por lo tanto es inútil estar en contra del multiculturalismo porque toda sociedad y todo individuo son multiculturales.

Todorov dedica un amplio capítulo a desmontar la teoría del choque de civilizaciones de Samuel Huttington, quien sugiere que occidente está amenazado por otras civilizaciones (sobre todo China y el islam) y que los actuales conflictos mundiales son de naturaleza cultural. Por el contrario, Todorov mantiene que el encuentro entre culturas no suele producir conflictos sino interacciones. Una guerra de religión entre países distintos, dice, sería una novedad histórica (incluso las cruzadas, como se sabe, no tenían como motivo prioritario la liberación de Jerusalén sino la reconquista de territorios arrebatados por los musulmanes y que impedían el camino hacia las riquezas de oriente). La idea de que se trata de guerras religiosas o culturales obedece a que este planteamiento maniqueo permite afirmar la pertenencia emocional a una comunidad y se presta a la instrumentalización para otros objetivos por aquellos a quienes conviene esta simplificación.

La guerra contra el terrorismo se ha convertido en la metáfora de este enfrentamiento. Se trata de una lucha contra un enemigo abstracto, sin tiempo (no concluye nunca) ni lugar (no pertenece a un país).  La palabra guerra, además, permite utilizar métodos discutibles, métodos inhumanos para eliminar la inhumanidad, lo que supone convertirse en bárbaros para luchar contra la barbarie: “legalizar” la tortura, no respetar los acuerdos internacionales, establecer censuras, etc.

El asesinato de Theo van Gogh, las caricaturas de Mahoma publicadas por un periódico danés y el discurso de Benedicto XVI en el que se hacía eco de una frase de Manuel II Paleólogo (Mahoma sólo ha aportado cosas malas e inhumanas, como el derecho a extender la fe que predicaba por la espada) dan pie a Todorov para reflexionar sobre provocaciones irresponsables que además facilitan a los gobiernos dictatoriales y demagógicos de algunos países musulmanes aprovechar el descontento de sus poblaciones en la dirección que les conviene. La intolerancia, además, falsea la realidad al fomentar reduccionismos tales como que la población musulmana es el islam; que todo el islam es islamismo y que todo islamismo es terrorismo.

La barbarie según André Glucksmann

El pasado 10 de noviembre, tres días antes de los atentados que conmocionaron a París y al mundo, fallecía en la capital francesa el filósofo André Glucksmann. En uno de sus últimos ensayos (“Dostoievski en Manhattan”) había criticado los ataques terroristas de Al Qaeda a las Torres Gemelas el 11-S, en los que identificaba el terrorismo yihadista con el nihilismo, tomando como referencia a los fanáticos mesiánicos de las novelas de Dostoievski. “¿Qué significa el nihilismo?: que los valores supremos se desvalorizan. No hay finalidad, no hay respuesta a la cuestión de por qué”. En una obra posterior, “Occidente contra Occidente” apoyó contra corriente (una de sus muchas equivocaciones) la guerra en Irak contra Saddam Hussein, aunque señalaba con acierto una característica del nuevo terrorismo yihadista: “A partir de ahora todos somos pasajeros de un Titanic en potencia, dado que los terroristas se han arrogado ante el mundo el derecho a matar a quien sea”. Lo que está en juego, decía, es la civilización occidental y lo que une a una civilización es aquello que busca destruirla, que hoy no es el enemigo bien definido de las guerras sino “una adversidad polimorfa no menos implacable, evanescente y ubicua”. Su cita favorita era una frase de Mallarmé: “No conozco más bomba que un libro”.

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