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Domingo, 15 Noviembre 2015 21:01

Cerrar los ojos… ¿una vez más?

Escrito por 
Sergio Príncipe Sergio Príncipe

Quise cerrar los ojos ante la tragedia. París no podía volver a removerse cuando ni siquiera se había cumplido un año de los atentados en la redacción de Charlie Hebdo y el supermercado de comida ‘kosher’ de enero de este 2015. “¿Es que no hemos aprendido nada después de todo?”, me dije. En realidad, pocas cosas han cambiado desde entonces. Siria sigue siendo un avispero y el centro de una seria disputa internacional sobre la cual, en algún momento, Washington y Moscú siempre los mismos contrapesos deciden tratar de plantear alguna puesta en común. La amenaza del llamado ‘Estado Islámico’ convulsiona los cimientos de la pretendida serenidad occidental. Y el olvido sobre los otros focos del radicalismo (Nigeria, Somalia, Yemen, etc.) sigue siendo también el mismo.

Posiblemente lo que haya variado en algo este nada alentador panorama es la afluencia de la crisis humanitaria de los refugiados que tratan de acercarse a una Europa que no sabe cómo manejarse presa de la dicotomía de perfilarse como espacio de valores y democracia, y al mismo tiempo, apelar a la seguridad de sus bases para cerrarse en banda y coser las fronteras. Al fin y al cabo… el tiempo parece insistir en dar la razón a estas tesis…

Quise, como digo, apretar los ojos, pero durante el café de la primera sobremesa tras la convulsión, de lo que me di cuenta es que lo que realmente quería, francamente, era cerrar los oídos. No hay nada que retrate mejor la sinceridad en ocasiones muy ingenua de la vida corriente que una barra de bar. El contraste era curioso: en la tele, las imágenes de una sociedad a la que la bomba le había vuelto a explotar en la cara y que, en pleno aturdimiento, quería manifestar su solidaridad y su rabia contenida. Entre las mesas, cuando había oportunidad de alejarse de la frivolidad colorista que sólo ofrece la camaradería, la conversación giraba en torno a los lugares comunes acerca del fanatismo, el islam radical, el miedo y las múltiples teorías sobre conspiraciones y servicios de inteligencia.

El caso es que, aunque todo suene a algo ya vivido, en el fondo se trata de un capítulo más. Ya no es sólo la figura de un lobo solitario el que pergeña una acción salvaje e injusta. La madeja se complica cada vez más en las esquinas de un radicalismo que se confunde entre los fracasos educativos, sociales, económicos, políticos y religiososde las esquinas de los suburbios de las grandes ciudades occidentales. Y mientras… Siria, la excusa. O Siria... el campo de entrenamiento. Y mientras… la tentación de confundir a la ciudadanía “por consabidas medidas de seguridad” (pasaportes robados atribuidos a refugiados llegados a Europa, fallecidos que no lo son, pistas falsas…). Y mientras… el miedo. 

Precisamente esa es la conjunción más peligrosa de todas: radicalismo, confusión, miedo. Cada uno de estos tres elementos por sí mismo y de manera aislada tiene un poder acelerador sobre los otros dos, y así sucesivamente. Difícil salir de ese círculo vicioso cuyo resultado es el de hacer cristalizar mayores fundamentalismos. Quizás por ello es más necesario que nunca llamar a las cosas por su nombre y asumir que no podemos quedarnos solo en la cosmética política y en los palos de ciego. Sin prisa pero sin pausa debemos asumir el debate definitivo sobre dos preguntas clave: ¿En qué hemos fallado? ¿Qué cuentas pendientes no han quedado saldadas convenientemente ante los actuales desafíos? Sólo así podrá conocerse la naturaleza del odio.

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