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Viernes, 13 Noviembre 2015 15:59

Los nuevos apocalípticos en la cultura de masas

Escrito por 
Francisco R. Pastoriza Francisco R. Pastoriza

En los años sesenta del siglo XX hizo fortuna el título de un libro que dio a conocer internacionalmente al semiólogo Umberto Eco. “Apocalípticos e integrados en la cultura de masas” (Ed. Lumen) recogía la polémica entre quienes defendían la importancia de la cultura de masas en la sociedad contemporánea y quienes la calificaban de seudocultura, afirmando que sus valores comerciales y de consumo no permitían integrarla en la cultura tradicional. La polémica no era nueva. Se trata de una constante que se viene planteando desde hace siglos en la historia de la cultura, una controversia similar a la que entre los siglos XVI y XVIII protagonizó la querella entre los Antiguos y los Modernos (véase el ensayo de Marc Fumaroli “Las abejas y las arañas”. Acantilado), la que en los años 30 del siglo XX trajo a España Ortega y Gasset con “La rebelión de las masas” (Espasa), reflejo asimismo de las propuestas de los filósofos de la Escuela de Frankfurt. La publicación del ensayo de Vargas Llosa “La civilización del espectáculo” vino a renovar la polémica sobre el enfrentamiento entre las diferentes culturas.

Cultura y cultura de masas

Los medios de comunicación han potenciado el término “cultura de masas” para referirse a una serie de creaciones pensadas para el consumo multitudinario. Este concepto lleva implícito de manera sutil la idea de que su calidad no está a la altura o al nivel de la denominada alta cultura, de aquellos productos culturales consumidos por las élites adiestradas en el gusto refinado. Los partidarios de combatir esta tesis recuerdan que lo que hoy se considera como alta cultura, como los dramas de Shakespeare y las comedias de Lope de Vega, fue creada para el consumo masivo; que Dickens, Dostoievski y Víctor Hugo escribieron sus grandes obras en formatos por entregas para un público no elitista, o que la ópera nació como un espectáculo popular. En su libro “Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación” (Anagrama) el escritor italiano Alessandro Baricco critica que la cultura de masas sea interpretada como un ataque a la cultura de calidad y niega que tenga intención de sustituir la alta cultura por otra al servicio del consumo y el comercio, cuyos valores más destacados serían la superficialidad, la simplificación, la rapidez y la acomodación a la ideología americana, un panorama apocalíptico para las generaciones educadas en los valores de la tradición, el esfuerzo y el sacrificio. Baricco asegura que la mutación a la que asistimos es un episodio más en la evolución de la historia de la cultura. Mientras, Tzvetan Todorov recuerda en “El miedo a los bárbaros” (Galaxia-Gutenberg) que en la Francia del siglo XVIII condenaban las obras de Shakespeare por considerarlas excesivamente burdas. En este sentido hay que recordar que el cine, hoy considerado como espectáculo de masas, fue en sus orígenes concebido para la aristocracia y la alta burguesía de la época, como dice Román Gubern (“Del palacio al televisor, pasando por el minicine”. Revista de Occidente Nº 290-291), a juzgar por los elevados precios de las entradas a las primeras proyecciones de los Hermanos Lumière y teniendo en cuenta que su vitrina social en París se instaló en un bulevar elitista de la capital, y en Madrid en el elegante Hotel Rusia, a donde acudió la familia real a ver el nuevo espectáculo.

La cultura de masas sería la que mejor se corresponde con la divulgación a través de los media: un mensaje efímero emitido por una élite de comunicadores a un receptor masificado, disperso y anónimo, a través de medios de comunicación centralizados, que consideran la novedad por encima del clasicismo y legitiman como cultura productos de dudosas características culturales. Los medios de comunicación, además, difuminan las fronteras de calidad entre la alta cultura y la cultura de masas al dar el mismo tratamiento a una y otra. En la sociedad de la información el paradigma de la cultura de masas es el que Abraham Moles definiera como “cultura mosaico”, aquella que iguala las informaciones del clasicismo y las vanguardias con las del utilitarismo y el consumo: la que coloca en una misma página del periódico la subasta de un cuadro de Picasso y el último escándalo erótico de Miley Cyrus; en un mismo programa de radio una sinfonía de Beethoven y el último éxito de ‘hip-hop’; en un mismo espacio de televisión las declaraciones de un premio Nobel de literatura y las imágenes promocionales de la última entrega cinematográfica de la saga Torrente.

Las nuevas arañas y abejas

El libro citado de Vargas Llosa es una crítica feroz a la cultura actualmente dominante, basada en la banalización que, según el autor, se ha impuesto ya al concepto tradicional de cultura que desde la antigüedad venían manejando las sociedades avanzadas. La nueva cultura estaría basada en la producción industrial masiva y en el éxito comercial instantáneo, una cultura ‘light’, de consumo rápido, que busca el enriquecimiento fácil e instantáneo de sus promotores y cuyos objetivos residen únicamente en la diversión y el entretenimiento. Este es el campo de batalla en el que se sitúan autores que se podrían considerar “integrados”, como Baricco o Gilles Lipovetsky, frente a otros, “apocalípticos”, como Marc Fumaroli y el propio Vargas Llosa. Para estos últimos ya se habría terminado la época en la que Borges, Cortázar, Octavio Paz o García Márquez eran los embajadores culturales de América Latina en todo el mundo. Ahora, Jennifer López, Juanes, Ricky Martin y las telenovelas habrían tomado el relevo utilizando estrategias basadas en una fuerte inversión publicitaria. Para los nuevos apocalípticos el ‘marketing’ es el corazón de la cultura. La desaparición de la crítica y su sustitución por la publicidad habría sido un fenómeno decisivo para masificar esta cultura de la frivolidad. Harold Bloom ha sido sustituido por Oprah Winfrey. No se trata sólo de un cambio en los contenidos: es un cambio de paradigma internacional: en la India, la industria del cine de Bollywood mezcla todos los géneros para llegar a una amplia masa de espectadores. En Japón, las industrias del manga y los videojuegos se han convertido en la avanzadilla de una gigantesca cultura del entretenimiento globalizado. Las telenovelas brasileñas y venezolanas no sólo se han expandido por los países del Magreb y la Europa central (donde ha desaparecido la cultura rusa, antes omnipresente) sino que han servido de modelo para los “drama” coreanos y los “culebrones del Ramadán” de los países árabes. Las artes plásticas, la música clásica, la danza posmoderna o la poesía de vanguardia ya no cuentan frente a los ‘blockbusters’ cinematográficos, los ‘best-sellers’ literarios y los ‘hits’ musicales.

El espectáculo de la cultura y el apocalipsis de la novela

La pantallización de la actual sociedad habría facilitado el consumo de la cultura ‘light’ a nivel global y contribuido a convertir a los consumidores de cultura en consumidores de ilusiones. La entronización de los chefs de cocina y los modistos en el lugar que antes ocupaban filósofos, compositores y artistas en la escala de valores de la sociedad; la sustitución de los científicos y dramaturgos por músicos de rock y estrellas de cine en las campañas electorales de los políticos, serían algunas de las escenificaciones en las que la cultura de la banalización se habría impuesto a la alta cultura. Como síntoma de la sustitución de la cultura auténtica por la subcultura se encuentra la subordinación sufrida por la palabra, por el texto, a manos de la imagen y de la música.

Para el novelista Luis Goytisolo ese futuro temido por Vargas Llosa ya está aquí. En su ensayo “Naturaleza de la novela” (Anagrama) afirma que el declive de la novela coincide con el auge de los productos audiovisuales de la televisión, las consolas de videojuegos, el ordenador y los teléfonos móviles. Para Goytisolo sólo merecen el nombre de novela aquellos escritos que tengan una cierta calidad literaria y  para este escritor ya no existe esta literatura, sustituida en la actualidad por una literatura de consumo que propicia la infantilización y el adocenamiento del gusto. Según Goytisolo, la novela ha dejado de renovarse, de abrir nuevos caminos, y no hace sino repetir las mismas fórmulas con más o menos talento. Para los apocalípticos de la literatura, la crisis de la novela está a punto de terminar con la desaparición de un género que ha durado alrededor de cuatro siglos, que se consolidó en el XIX con autores como Goethe, Stendhal, Balzac, Flaubert y Dickens, que alcanzó un gran nivel con la literatura rusa (Tolstoi, Dostoievski) y norteamericana (Melville, Henry James) y que llegó a su punto culminante en la primera mitad del siglo XX con Proust, Joyce, Thomas Mann, Kafka, Musil y la generación perdida americana (Fitzgerald, Dos Passos, Hemingway y sobre todo Faulkner). A partir de este punto, nada. La novela iniciaría un declive que en la actualidad la estaría llevando a su extinción como género.

El apocalipsis del arte

Gilles Lipovetsky y Jean Serroy (“La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada”. Anagrama) afirman que la nueva cultura ha desvanecido más que ninguna otra los límites entre la alta cultura y la cultura comercial, las fronteras que separaban el cultivo del espíritu de la banalidad con la que hoy se rellena el ocio de los ciudadanos. Una cultura en la que lo comercial es reconocido como cultural, mientras que manifestaciones auténticamente culturales como el arte y la literatura se han insertado en el comercio y sólo obedecen a las reglas de la economía. A diferencia de los clásicos, los artistas y escritores de hoy tienen como objetivo ganar dinero y ser célebres. Buscan más la popularidad mediática que la gloria inmortal porque es la celebridad lo que hace subir la cotización de sus obras. Lo que parecía que debía escapar al mercantilismo (el mundo de la creación y la belleza), se hace cada vez más comercial y mediático, sustentado por las estrategias del espectáculo y la seducción. La nueva cultura ha nacido para divertir, para proporcionar una evasión fácil y se ha revelado como una de las producciones más rentables de todas las economías. Como añadido, el maridaje entre la hipertecnología y el liberalismo económico ha dado como resultado un productivismo desenfrenado y una comercialización ilimitada de productos culturales de consumo. Ha habido que aprobar leyes para frenar la invasión de productos audiovisuales norteamericanos, comercializados a través de las viejas y las nuevas pantallas. Para estos autores, la nueva cultura ha traído consigo desorientación, incertidumbre y desconcierto, mientras el poder de los intelectuales ha sido desplazado por el poder de los medios.

En el último capítulo de “París-Nueva York-París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes” (Acantilado), Marc Fumaroli propone el rechazo total de esa cultura hipermoderna, a la que califica de fundamentalista, que ha venido a imponer la ideología dominante del consumismo. Lo más destacable del libro de Fumaroli se centra en la crítica al llamado Arte Contemporáneo, al que considera un engranaje más de la producción industrial y comercial, una rama de esa industria global del entretenimiento que se ha ido instalando en el lugar hegemónico del mercado mundial y que vino a liquidar las enriquecedoras aportaciones del expresionismo abstracto de Pollock, de Rothko, de De Kooning y de Newman. El Arte Contemporáneo es, dice Fumaroli, de una versión industrial y bursátil de una mercancía comercial con la etiqueta “arte”. Los “confusos garabatos” de Cy Twombly pintarrajeados de churretones, los “juguetes sofisticados” de Jeff Koons, los “horrores” de Louise Bourgeois, las “farsas y engañifas” del arte pop… son para Fumaroli artefactos producidos por “plásticos”, denominación que da a estos artistas: personas que han colgado los hábitos de todas las artes con el fin de subvertirlas todas a un tiempo, sin saber dibujar, ni pintar, ni esculpir, ni bailar, ni cantar. Para Fumaroli es dramático que autoridades e instituciones fomenten su presencia en sedes como el Louvre, la capilla de La Sorbona o el Palais Bourbon, facilitando la presencia en el museo de los contenidos del supermercado. El tiburón en formol de Damien Hirst, la cama deshecha de Tracey Emin, los cadáveres humanos disecados de von Hagens, los escándalos del “Piss Christ” (un crucifijo sumergido en orina) de Andrés Serrano y los pájaros y ratas embalsamadas de Jan Fabre se han instalado en el mundo del arte como si fueran los sucesores de Van Gogh, los Leonardo de la cultura global, cuando, dice Fumaroli, no son más que el capricho de una ínfima minoría de multimillonarios. Un arte sin arte a remolque de las industrias de la publicidad y de la cultura-entretenimiento, subproducto del gran comercio del lujo, de cuya posesión se enorgullecen los banqueros y los magnates, y que ha venido a suplantar los valores creativos de los auténticos artistas.

 

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