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Miércoles, 28 Octubre 2015 10:28

Escritores que pintan

Escrito por 
Francisco R. Pastoriza Francisco R. Pastoriza

A lo largo de la historia es frecuente encontrarnos con artistas que también dedicaron a la escritura una gran parte de su tiempo. Actualmente casi todos los pintores, escultores, músicos, etc. tienen una obra literaria o ensayística considerable. Estos días se pueden ver en Madrid tres exposiciones de tres grandes artistas contemporáneos que también escribieron durante toda su vida. Kandisnky (con exposición en el CentroCentro de Cibeles) publicó artículos en revistas como “El jinete azul” y las obras teóricas “Punto y línea sobre el plano” y “De lo espiritual en el arte”. El suizo Max Bill (su exposición puede verse en la Fundación Juan March), escribió también en revistas como, “Information”, que él mismo diseñó, y fue editor de las obras de Le Corbusier y del propio Kandinsky, que fue su profesor, para las que hizo prólogos introductorios. Por su parte, Edward Munch (en el museo Thyssen Bornemisza), además escribir teoría sobre su pintura, guardaba todos sus escritos: cuadernos del colegio, esbozos literarios, fragmentos de obras nunca terminadas, cartas, artículos, telegramas, listas de la compra, postales, escritos de memorias y de arte… Con una selección de todo eso la editorial Nórdica publica “El friso de la vida”, título tomado de una de sus series pictóricas. En él hay un gran número de aforismos y reflexiones sobre el arte, en los que expresa, paralelamente a su pintura, las obsesiones que le acompañaron toda su vida, de una manera ahora literaria. A lo largo de sus “Esbozos literarios”, Munch va dando pistas sobre la génesis de algunas de sus obras: “Vampiro”, “Madonna”, “La sirena”, “Melancolía”, “El beso”, “Asesinato”… y, claro, “El grito”: “Paseaba por el camino con dos amigos cuando se puso el sol. De pronto el cielo se tornó rojo sangre… la sangre se extendía en lenguas de fuego… sentí que un inmenso grito recorría la naturaleza”.

 

Dalí y Picasso, escritores

Yo soy un escritor que además pinta, gustaba decir de sí mismo Salvador Dalí en muchas de las entrevistas que concedió a lo largo de su vida. Pudiera parecer una boutade en un personaje como él, aficionado a este tipo de declaraciones desconcertantes, pero en el caso de Dalí esta afirmación puede tomarse casi al pie de la letra. Hace unos años la editorial Destino abordó la inestimable labor de editar la obra completa de Salvador Dalí: su obra completa escrita. Dio para ocho apretados tomos, algunos de más de 1000 páginas (el que menos, supera las 500). Aún así no se pudo incluir toda la producción escrita del pintor. Quedaron fuera muchos de sus artículos en revistas como La Gaceta Literaria, Hèlix, Minotaure o Cuadernos Hispanoamericanos. Una de sus obras más interesantes es “El mito de Narciso”, que escribió mientras pintaba el cuadro del mismo título (hay una edición reciente con el título “Metamorfosis de Narciso”. Galaxia Gutenberg). Lo más curioso de este cuadro, por tanto, es la vinculación entre la escritura y la pintura, uno de los temas preferidos por los surrealistas. Dalí dijo siempre que Metamorfosis de Narciso debía contemplarse teniendo presente el texto: él mismo da instrucciones en el prólogo para ver e interpretar la obra, y además esta edición incluye un ensayo de David Lomas para seguir en paralelo el poema y la pintura. Metamorfosis fue fruto de la aplicación del método paranoico-crítico, un procedimiento daliniano que trata de captar los fenómenos disociativos por los cuales la paranoia crea nuevas realidades en la mente del paciente (fue este el cuadro que Dalí eligió para mostrar a Freud cuando lo visitó en Londres en 1938). A través de este método se manifiesta, según Dalí, la posibilidad que tiene el arte de hacer visible lo invisible, de revelar una realidad que sólo el artista puede captar y trasladar al observador. André Breton (El surrealismo. Puntos de vista y manifestaciones. Barral Ed. 1977) cree que este método se puede aplicar igualmente a la poesía, la historia, la moda o el cine. Dalí muestra su interés en las fuentes del mito (Ovidio, Leonardo, Caravaggio, Freud) para demostrar, con La Metamorfosis de Narciso, las relaciones de su obra con la alta cultura y desmentir una vinculación exclusiva con la cultura de masas.

Por su parte, Pablo Picasso escribió la obra de teatro El deseo atrapado por la cola, en 1941 durante la invasión alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial. La obra se representó el 19 de marzo de 1944 en la casa de Michel y Louise Leiris, dirigida por Marcel Camus con la asistencia de, entre otros, Sartre, Simone de Beauvoir, Brassaï, Lacan y Dora Maar (muchos años después, en 2007, se hizo un montaje en Sevilla). Picasso también presumía de escribir: Creo que mi obra como escritor es tan extensa como la de pintor. Materialmente dediqué el mismo tiempo a ambas actividades, le dijo en cierta ocasión a uno de sus mejores amigos, el fotógrafo Roberto Otero. El experto en la obra de Picasso Eugenio Carmona afirma que la obra pictórica  de Picasso y su obra escrita son hermanas gemelas.

Hace unos años, Plataforma editorial publicó en España Poemas en prosa, una recopilación de la poesía que el pintor escribía en momentos precisos de su vida, en este caso influido, como Dalí, por los surrealistas. Entre 1935 y 1959 escribió más de 350 poemas y tres obras de teatro, y se sabe que existen textos inéditos del pintor en manos de coleccionistas privados. Los poemas que se recogen en esta obra fueron escritos en francés y en castellano, sin puntuaciones, y su comprensión es de una gran dificultad para un lector no introducido en el lenguaje de los surrealistas y en el mundo picassiano (algunos analistas los han comparado con los textos del Finnegan’s wake de James Joyce). Picasso se justificaba: las artes se reducen a una sola: se puede escribir una pintura con palabras, del mismo modo que es posible pintar sensaciones con un poema (P.18-19). A diferencia de otros artistas, Picasso casi nunca acompañó sus poemas con dibujos, aunque en sus textos alude con frecuencia a los colores y trata de que cada poema sea un dibujo: los originales los escribe en tinta china y con lápices de colores (incluso su obra de teatro Les quatre petites filles está escrita en rojo y azul).  

Tapies, escritor

Hace más de diez años di por casualidad en una librería del barrio lisboeta del Chiado con una primera edición de Memoria personal, una autobiografía hoy difícil de encontrar del pintor Antoni Tàpies, que guardo como una reliquia, sobre todo después de que me escribiera una dedicatoria con su firma durante una entrevista que le hice años después. Memoria personal se editó primero en catalán en 1977 (Ed. Crítica) y luego en castellano (Seix Barral, 1983). Tapies escribió estas memorias en 1966 (con algunas notas y breves comentarios añadidos posteriormente) empujado, dice, por la rabia que le provocó la experiencia de haber sido detenido por la policía franquista, junto a otros 30 artistas e intelectuales reunidos en el convento de los capuchinos de Sarrià, cuando daba su apoyo al sindicato democrático de estudiantes, acontecimiento con el que termina el último capítulo de estas memorias. Me sorprendió entonces (y ahora que he vuelto a leerlo) la prosa tan clara y la emotiva expresividad con la que narra sus recuerdos. Sus descripciones de paisajes y de personas son como las de un pintor en ocasiones expresionista y a veces fauve, volcadas en letra impresa. En otras, con un solo trazo (una sola pincelada, como en las pinturas enso que tanto aprecia) consigue transmitir una idea precisa. Las evocaciones de ambientes, situaciones y sentimientos sitúan estas páginas de sus memorias a la altura de su personalidad creadora. Es admirable la capacidad de retentiva de nombres, lugares y escenarios que rescata desde su infancia. A lo largo de sus más de 400 páginas Tapies narra su proceso de formación cultural (destaca la gran cantidad de sus lecturas de literatura, filosofía, arte, ciencia...), su interés por las culturas de India y China y su evolución como pintor, al tiempo que examina con magistral lucidez el arte, la cultura y la sociedad de su tiempo. Su adolescencia de enfermo tísico, las relaciones familiares y su amor por Teresa, los avatares con sus compañeros de Dau al set, su fuerte amistad con Joan Brossa... lo personal y lo profesional se alternan y se entrelazan a lo largo de estas páginas, de lectura recomendable para los jóvenes artistas que se enfrentan con las dificultades de todo creador original.   

Desde entonces Tàpies ha venido escribiendo y publicando constantemente, sobre todo textos relacionados con reflexiones sobre su obra y el arte contemporáneo. Uno de los últimos publicados fue En blanco y negro. Ensayos (Galaxia Gutenberg), en el que recoge una serie de artículos publicados en diversos medios (Destino, La Vanguardia, El País, Avui, Serra d’Or...), desde los años cincuenta hasta el 2000, junto a prólogos, manifiestos, ensayos, discursos... en los que junto a sus preferencias pictóricas y a sus críticas, se pueden rastrear sus gustos y entender y valorar mejor la evolución de su pintura.

En sus memorias, Tapies citaba un número extraordinario de la revista D’aci i d’allá (el de Navidad de 1934) como uno de los documentos que contribuyeron a fijar su vocación por la pintura y a enseñarle las características y los valores de los diferentes movimientos artísticos del siglo XX (Tengo el convencimiento de que la posesión y disfrute de aquel número me despertó extraordinariamente la sensibilidad, me dio una perspectiva muy exacta sobre todo lo que es fundamental en la historia del arte moderno. P.99). Tal vez sea por esta razón por lo que en En blanco y negro está presente una cierta vocación pedagógica, tanto sobre su propia obra como sobre algunos de los artistas y movimientos de vanguardia que más le conmueven: se ignora todavía la gran función cognitiva y ética que el arte moderno podría desempeñar si fuera bien explicado (...) hay que conseguir reflejarlos en los planes de enseñanza escolar para que la juventud se enriquezca de verdad y, en especial, para que desarrolle su propio sentido crítico y aprenda a diferenciar los valores auténticos de los falsos (P.228). En este libro Tapies hace un completo repaso a su obra y subraya la importancia y la trascendencia de las influencias que tuvieron en ella el arte y la filosofía orientales.

Arroyo: memorias de un artista incómodo

Es conocida la vocación de escritor que desde siempre ha desarrollado el pintor Eduardo Arroyo. Su afición al boxeo (posee en su biblioteca más de 5.000 títulos sobre este deporte) le llevó a escribir en 1982 la biografía Panamá All Brown. Después, en 1990 publicó Sardinas en aceite, y en 2003 El Trio Calaveras, un interesante ensayo sobre la melancolía a través de Goya, Walter Benjamin y lord Byron. Uno de sus últimos libros es Minuta de un testamento (Taurus), unas memorias cuyo título se inspira en la autobiografía del krausista Gumersindo de Azcárate, emparentado políticamente con el pintor.

Entre el humor, el cabreo y un análisis crítico sobre la sociedad, la política y la cultura de nuestro tiempo, Arroyo va desgranando los recuerdos de la vida de un joven que eligió el exilio para realizarse como artista y como persona y que consiguió hacerse con un lugar y con un nombre de prestigio en el difícil mundo del arte. La atracción por los libros estuvo siempre mezclada con su pasión por la pintura. A lo largo de estas memorias, los libros tienen una presencia permanente (Paso más horas de mi vida en el interior de las librerías que en las asépticas salas de los museos de arte contemporáneo. P.122. La pintura y la literatura son mi patria. P.145. mi biblioteca, uno de los lugares que más quiero en este mundo. P.112) y a ellos dedica todo un capítulo. Arroyo recuerda con nostalgia las casas en las que vivió, los talleres que vieron nacer sus obras, las amistades de las que gozó (Antonioni, Giacometti, Octavio Paz, Cartier-Bresson...), los cementerios que le gustan.

Pero lo más sustancioso de este libro son sus opiniones sobre aspectos, personajes y acontecimientos actuales: su mirada irónica sobre la obra de Gilbert & George y la “ocurrencia” de éstos de acostarse con zapatos en la cama de García Lorca para transformar el acto en una obra de arte, su desencanto con el comunismo y la revolución castrista, la crítica a Saramago, Gunter Grass, Alberti o Régis Debray, la descalificación de lo que denomina gauche-caviar... Arroyo no se corta en sus comentarios y en sus consideraciones sobre los políticos oportunistas, la iglesia, la movida madrileña, el nacionalismo cultural, la manipulación del mayo del 68 (que él sí vivió en París), la persecución a los toros y al boxeo a cargo de la progresía...

 

Un reloj, un anillo y una acuarela con una cruz en la que se lee “Amaos los unos a los otros”. Fueron tres de los legados que Gumersindo de Azcárate dejó en herencia, según su Minuta, a sus dos hijos y a su hija. Lo sorprendente es que Azcárate no tenía hijos. Un testamento sin herederos. Similar a los catorce que en vida redactó Stendhal, uno de los escritores admirados por Arroyo. La diferencia es que Stendhal dejaba a sus herederos propiedades que nunca había tenido. Por fortuna, el legado de Arroyo son obras como estas impagables memorias, y sus herederos, nosotros, sus lectores.

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