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Viernes, 16 Octubre 2015 13:05

Máscaras de Valle-Inclán

Escrito por 
Francisco R. Pastoriza Francisco R. Pastoriza

 “El que más vale no vale tanto como vale Valle”. Esta divisa, que figura en el escudo de los Valle-Inclán, dio pie al escritor para atribuirse unos inciertos orígenes nobiliarios heredados de sus antepasados. Basándose en ellos, en algún momento de su vida solicitó la concesión de los títulos de marqués del Valle, vizconde de Viexín y señor de Caramiñal. Su tío abuelo Benito Montenegro, que inspiró el personaje de don Juan Manuel, el de las Comedias bárbaras, descendía, según don Ramón, de una emperatriz alemana en cuyo blasón figuraban espuelas de oro sobre campo de plata. Valle-Inclán explotó siempre que pudo su ascendencia aristocrática para recrear una imagen a la que fue añadiendo los atributos  intelectuales y estéticos que conforman su leyenda. Dedicó toda su vida a cultivar esta imagen que, al margen de su excepcionalidad literaria, le proporcionó un halo de originalidad que lo diferenciaba de la monotonía de sus contemporáneos. A ello se dedicó ya desde su juventud, muchas veces convirtiendo en fantasías algunas de sus vivencias y otras falseando directamente la realidad. Dos libros recientes, “Ramón del Valle-Inclán. Genial, antiguo y moderno” (Espasa), escrito por su nieto Joaquín del Valle-Inclán, y “Valle-Inclán. La espada y la palabra” (Tusquets), de Manuel Alberca, han investigado con rigor su biografía y recrean algunos de sus episodios más fantásticos.

Provocaciones y esperpentos

Entre sus primeros relatos fabulosos figura el de la supuesta caza de un lobo, acompañado de su abuelo, cuando era aún un niño (pero su abuelo había muerto un año antes de que él naciera).

Desde su primera estancia en Madrid en 1895 Valle-Inclán decidió cultivar una imagen que rompiese con los tópicos oficiales que se tenían de un escritor. Su amigo Antonio Palomero lo definió como una figura exótica, tocado con un amplio sombrero mexicano, una melena negra y sedosa, una barba puntiaguda, unos quevedos sobre su nariz aguileña y un cuello inverosímil de grandes puntas (“cuello galdstoniano”, según Rubén Darío, quien también decía que sus corbatas fastuosas podrían servir de chal a una mujer). Se apoyaba en un bastón rematado en un huevo de plata, “regalo de un príncipe indio”, según afirmaba. Algunos periodistas comentaban que era de un heroísmo singular y de una firme resignación cristiana lucir este exótico y caprichoso tocado, aunque él despreciaba “con aristocrático desdén de gran señor, el asombro pacífico burgués, la burlona sonrisa de las mujeres y los agudos dicharachos de la chulapería madrileña”. A sus compañeros de la villa y corte contaba que en Galicia vivía en una torre desmantelada en la que, para dormir, tenía que colgar la cama del altísimo techo para evitar que las ratas lo devorasen.

Uno de los referentes literarios de sus primeros años fue el escritor  José Zorrilla, un autor entonces muy popular. En su primera estancia en Madrid, que inició en 1891, Valle-Inclán dijo haberse encontrado con el insigne y admirado escritor en un tranvía que pasaba por la Puerta del Sol. De la conversación que  mantuvo con Zorrilla durante el tiempo que duró el trayecto, Valle-Inclán  escribió un artículo titulado “El tranvía”, que, en diferentes versiones, publicó a lo largo de varios años: primero en “El Globo”, después en “Diario de Pontevedra” y por último en “El Correo Español” de México. Siempre presumía de haber intimado con su idolatrado escritor, al que llamaba “mi viejo amigo el poeta Zorrilla”, aunque se sabe que, a causa de su enfermedad, Zorrilla no salía de casa desde dos años antes de la fecha en la que Valle-Inclán decía haber coincidido con él en Madrid.

Valle-Inclán perdió su brazo izquierdo durante una pelea con el periodista Manuel Bueno, que lo molió a palos con un bastón de hierro que utilizaba habitualmente. Uno de los golpes le afectó a los huesos de su muñeca y la infección interna, no detectada en los primeros auxilios, le produjo una gangrena que obligó a una dolorosa amputación. El escritor contaba la pérdida de su brazo de mil maneras diferentes, a cual más fantasiosa. La Asociación de la Prensa reunió dinero para financiarle un brazo ortopédico que nunca llegó a comprar.

Durante su estancia en Roma como director de la Academia de Bellas Artes de España, trabó amistad con el matrimonio formado por el agregado militar de la embajada de España, el comandante de aviación Ignacio Hidalgo de Cisneros y su mujer, la aristócrata madrileña Constancia de la Mora. El militar fue encargado por el gobierno español  a una misión para ayudar a huir a Francia al dirigente socialista Indalecio Prieto, perseguido por la policía por su apoyo a la revolución de octubre en Asturias. A su regreso de la misión, Cisneros contó a Valle-Inclán con todo lujo de detalles cómo había sacado a Indalecio Prieto escondido en el maletero de su automóvil, y cómo pasó todos los controles muchas veces gracias a su uniforme militar. Días más tarde, en una tertulia improvisada en su domicilio, Valle-Inclán contaba a los asistentes cómo se había organizado y llevado a cabo la evasión de Indalecio Prieto a Francia. Lo más sorprendente es que el propio Valle-Inclán aseguraba que él mismo había sido el organizador y el protagonista de la fuga. Sorprendente sobre todo teniendo en cuenta que entre los contertulios estaba el propio comandante Cisneros, que escuchaba atónito el relato, y al que don Ramón se dirigía con toda naturalidad para contarle una aventura que él mismo había protagonizado.

Por extraño que pueda parecer, las fantasías continuaron más allá de su muerte. En muchas de sus biografías se cuenta que durante su entierro, en medio de una lluvia torrencial, un joven anarquista, Modesto Pasín, se abalanzó sobre el ataúd ya en la fosa abierta de la tumba, para arrancar la cruz que figuraba en la tapa, lo que dejó al descubierto el cadáver de Valle-Inclán a través de un boquete provocado por la acción del anarquista. Resulta extraño que un incidente tan destacado, de haberse producido, no figure en ninguna de las crónicas del entierro, que recogieron prácticamente todos los periódicos. Pese a lo cual se ha tenido por cierto durante muchos años.

 

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