Viernes, 19 Octubre 2012 19:16

Periodismo como profesión

Escrito por  D. Luis García Tojar

Acaba de reeditarse en España Los elementos del periodismo (Aguilar), un manual escrito en 2003 por dos reporteros norteamericanos, Bill Kovach y Tom Rosenstiel, que son responsables también del Proyecto por la Excelencia en el Periodismo y el Comité de Periodistas Preocupados, dos iniciativas de rearme profesional surgidas de la percepción del grave menoscabo que está sufriendo esta actividad en los EEUU (más información sobre ellas en www.journalism.org).

Llevo cinco años recomendando la lectura de este libro a los alumnos de primero de Periodismo, pues me parece que diagnostica con precisión el origen del problema y receta algunos remedios que, sin ser originales, resulta imprescindible administrar. Y quiero aprovechar la amable oportunidad que me brinda el periódico de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, cuyo nacimiento celebro como profesor y ex alumno de esta casa, para recordar ambos aspectos.

El periodismo occidental vive un acusado proceso de deterioro laboral, profesional y en consecuencia moral que pone en riesgo a largo plazo su misma supervivencia. La rebaja de salarios y la precarización general del trabajo en redacciones son hechos conocidos por todos. Pero no es menos infamante el debilitamiento de los criterios profesionales del periodismo, el desconocimiento de sus saberes técnicos y la misma ignorancia de las funciones sociales que desempeña quien lo ocupa. En un momento histórico, por cierto –y no es casual la coincidencia–, en que los medios de comunicación tienen más influencia que nunca. Privados de protección laboral y de criterio profesional, muchos periodistas no encuentran más refugio que el sometimiento apático o fanático al objetivo principal de sus empresas, sea éste la venta de noticias (en el caso afortunado), la obtención de ganancia rápida a cualquier precio, el tráfico de favores o el sostenimiento de cruzadas patrióticas de purificación política o religiosa (dos tradiciones muy nuestras).

Ni la profesión periodística española, con sus asociaciones, sus líderes y su tropa, ni las facultades del ramo, con sus órganos de gobierno, sus profesores –me incluyo– y su alumnado, son inocentes de este delito. Tampoco lo son un sistema político acostumbrado al clientelismo en su relación con los medios de comunicación y unas empresas informativas históricamente débiles, tantas veces obligadas a la picaresca para cuadrar sus cuentas que muchas no conciben ya otra cosa. Sin embargo, a mi juicio estos factores políticos y económicos son secundarios. El problema fundamental es que el periodismo está dejando de ser una profesión y los primeros culpables de ello somos nosotros, sus profesionales. Y más terrible aún: al menos en España, no es que no defendamos el periodismo porque no queramos sino porque no sabemos hacerlo. Hemos perdido una noción clara de qué es este trabajo y para qué sirve.

Por eso creo que urge recordar aquí las enseñanzas del libro de Kovach y Rosenstiel, de las cuales citaré solo tres: “El propósito principal del periodismo es proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos” (p. 24), es decir que el periodismo sirve para explicarle el mundo a la gente; “la primera obligación del periodismo es la verdad” (p. 52) y “en esencia el periodismo es una disciplina de verificación” (p. 100), o sea que en última instancia consiste en comprobar acontecimientos.

Verificar y explicar: si tuviéramos claros estos criterios, podríamos exigirlos. Cuando un colega falta a la verdad o no verifica suficientemente sus informaciones, sea por malicia o impericia, está deteriorando la profesión entera. Con criterios profesionales, los periodistas no podrían –sin sonrojarse– hacer pasar por noticias comunicados de prensa, declaraciones sin preguntas, campañas publicitarias, sondeos absurdos, infoentretenimiento vil o mentiras alevosas. Y cuando alguno lo hiciera, sería sancionado por sus propios compañeros antes que por ningún gobierno.

Entretanto, el periodismo profesional languidece. Convertido en recua de opinantes histéricos, especuladores informativos, financieros o políticos, traficantes de influencias, milites de diverso pelaje, beaux amis y logógrafos indolentes que escriben al dictado, si no nos esforzamos en recordar qué es y para qué sirve esta profesión dejará pronto de requerir saberes técnicos y estudios especializados. Precisará, en su lugar, de una tropa hambrienta y dispuesta a todo con tal de comer o de hacer justicia. La democracia pagará caro este funeral.

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