Lunes, 15 Octubre 2012 19:40

¡Ética, que algo queda!

Escrito por  Dra. Elena Real Rodríguez

 

Los periodistas somos profesionales al servicio de la Democracia. Nuestra función pública es dar cumplida respuesta al derecho a la información que poseen los ciudadanos en los Estados de derecho. Somos parte esencial del engranaje, por lo que no podemos descuidarnos ni bajar la guardia en nuestro cometido social. Nuestras actuaciones profesionales han de estar siempre a la altura de lo que se espera de nosotros: fidelidad y ponderación en los hechos, templanza y justicia en las opiniones. Las ideologías son legítimas mientras no se altere la verdad en la narración y análisis de los acontecimientos. La unilateralidad que sólo sabe ver una de las partes, la tergiversación que cambia, adultera y trastoca conscientemente la interpretación de la realidad, el silencio que oculta y calla los talantes de las circunstancias que no son de nuestro agrado o de quienes nos pagan, las valoraciones que enormizan o disminuyen fuera de su justo sentido la intensidad y cualidades de las cosas, los enjuiciamientos torticeros y banales…, todo eso que nos acerca más al oficio de teatreros y fantoches, o nos enreda en actuaciones profesionales que no son las nuestras, no es propio de periodistas que se precien en ser llamados y tomados como tales.

Un periodista ha de ser honesto hasta la extenuación. La veracidad es su segunda piel, pegada a fuego lento, para conseguir la mejor adherencia, que no muda ni con los fríos o calores más rigurosos. La imparcialidad en la observación rige su actitud en el acercamiento a los sucesos que acontecen y afectan nuestra existencia. Un saber ver para comprender los acontecimientos, sus motivaciones y consecuencias, con sinceridad y sin prejuicios preconcebidos. Colocando cada cosa en el sitio que le corresponde, evitando que lo subjetivo nuble un adecuado razonamiento. Esforzándose en conocer a fondo los modos, las formas, los porqués y paraqués. Dando sentido a lo que luego ha de ser narrado y transmitido con fidelidad a los ciudadanos. La función del periodista tiene un mayor cometido que limitarse a servir de mera correa de transmisión. De ahí la importancia de ser consciente de los principios a los que se adhiere su labor pública. Los derechos que sirve y los deberes a los que responde. La mínima regulación legal y la máxima autorregulación ética y deontológica, para obrar en cada momento con la libertad y responsabilidad necesarias.

El periodista nace en su menor parte y se hace en el mayor de su saber-hacer-ser profesional. De ahí la importancia de una formación inicial y continua, a lo largo de la vida, que ya nadie pone en cuestión. Los valores, deberes y obligaciones, junto a los derechos que los asisten, no llegan como maná bajado del cielo. El periodista logra el conocimiento de ellos a través de un proceso de socialización previo, que descansa principalmente en la educación que sobre la ciencia-arte del Periodismo imparte la Universidad. Dicho conocimiento implica su posterior puesta en práctica y ahí, tras el aprendizaje universitario, entra en escena la voluntad de una conciencia profesional convencida y dispuesta a ser el periodista que la sociedad precisa. Pero tal voluntad parece estar supeditada a otras. Por cuanto el periodista es principalmente un trabajador por cuenta ajena, empleado en una empresa informativa-comunicativa, se le exige plegarse a los dictados de esta y no siempre las consignas son las más apropiadas para el deber profesional. La empresa, subyugada a sus propios intereses, se olvida de que la función social del Periodismo es compartida con el profesional, que al igual que este está al servicio de la ciudadanía en una Democracia.

El periodista no puede resignarse a la debilidad que le provoca estar en el eslabón más frágil de la cadena del quehacer periodístico. Debe buscar los resortes a su alcance que salvaguarden su trabajo, sobreponiéndose a los obstáculos, por el Periodismo, por los ciudadanos, por la Democracia. No ha de esperar que ese sostén venga de fuera. Los instrumentos y mecanismos deontológicos están concebidos para suministrar esa ayuda y cómo usarlos depende de él. Todo reside, pues, en lo que cada periodista quiera ser como profesional, personalmente y dentro del grupo. Crear voluntades inquebrantables empieza por uno mismo. Sin miedo. Consciente de lo que se desea ser. Aferrado a los valores que dan sentido a su cometido social. Persistente, sin querer ser mártir ni héroe. Sólo periodista. ¡Ética, que algo queda!


Dra. Elena Real Rodríguez

Profesora de Ética y Deontología Profesional

Facultad de Ciencias de la Información (UCM)

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