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Viernes, 05 Junio 2015 16:01

Ruanda: un crimen contra la Humanidad

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Mujeres ruandesas. / Foto: Agencias Mujeres ruandesas. / Foto: Agencias

La agresión sexual a mujeres y niñas de forma indiscriminada ha sido utilizada como arma bélica en los últimos conflictos. Durante la Guerra de Ruanda en 1994 se estima que entre 250.000 y 500.000 mujeres fueron violadas, maltratadas y humilladas. Los Tribunales Internacionales han reconocido en la violación no solo un crimen de guerra sino también un crimen contra la Humanidad.

Cuando la guerra de Ruanda finalizó en 1994, cerca de un millón de personas habían fallecido, mayoritariamente Tutsis asesinados por los Hutus. Durante cinco meses y de forma constante, la población fue cayendo sin que los países occidentales intervinieran a tiempo. El genocidio de esta sociedad fue acompañado de la violación masiva de mujeres Tutsis. Este conflicto, junto con la masacre bosnia, produjo que, a partir del año 2001, la violación fuese considerada por los Tribunales Internacionales, además de como un crimen de guerra, como un crimen contra la Humanidad.

Los tradicionales enfrentamientos entre la población Hutu y Tutsti se intensificaron en el año 1962, cuando Ruanda se constituyó en estado soberano tras la obtención de la independencia de Bélgica. Las violaciones de derechos humanos y golpes políticos se fueron haciendo más numerosas hasta que, en 1993, el líder político hutu Melchior Ndadaye fue asesinado después de haber sido nombrado presidente. Hutus y Tutsis se organizaron en milicias y dieron así comienzo a una guerra civil que, según Naciones Unidas, ha resultado de las más cruentas de la Historia dado que provocó cientos de miles de desplazamientos y más de 300.000 fallecidos.

El cuerpo de la mujer como campo de batalla

Las violaciones durante la Guerra Civil ruandesa fueron masivas. Cientos de víctimas decidieron ocultar lo que habían sufrido. “Embarazar a las mujeres fue una de las estrategias de la guerra. Lo que pretendían era propagar la población del agresor”, explica Ferida Djecik, presidenta de la ONG Medica, en el documental de RTVE, La Guerra Contra las Mujeres. Muchos niños cuyos padres nunca llegaron a ser identificados suponían una carga emocional para las propias ruandesas, quienes se avergonzaban de lo ocurrido y decidieron cuidarlos o abandonarlos.

En una sociedad en la que la población vive por debajo del umbral de la pobreza y en la que 250.000 personas están contagiadas por el virus del VIH, se ha generalizado a raíz del conflicto un descontento social acompañado de la humillación entre la población femenina. La psicóloga Celine Kamwanya, que trabaja con mujeres objeto de agresión sexual y torturas en el conflicto bélico en Ruanda, relata cómo éstas desearían, tras la violación, haber fallecido: "Cuando una niña o una mujer ha sido objeto de violencia sexual, piensa que su vida ha terminado y lamenta no haber muerto en el acto”.

“Este tipo de actuaciones buscan aterrorizar a la población, destruir comunidades, asegurar la extinción de una etnia e incluso la infección deliberada del VIH”, explica Antonio Barra Valencia, estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Madrid. Además, este joven considera que las circunstancias jurídicas y sociales que rodean a las mujeres hacen que estas se vean “especialmente afectadas” durante los conflictos armados.

Con motivo de los atentados hacia las mujeres en Ruanda y posteriormente en Bosnia, la Organización de las Naciones Unidas aprobó la resolución 1935 en la que se consideraba la necesidad de protegerlas durante los conflictos y se acordaba que, además de un delito de guerra, la violación sería un delito contra la Humanidad.

Anne Marie Goetz, asesora de Paz y Seguridad para la Mujer de la ONU, subraya que su aprobación es un hito: “La violación como estrategia de guerra centró el debate internacional y empujó a la justicia a actuar”. Fue entonces cuando este tipo de actos vandálicos comenzaron a ser juzgados como crímenes contra la Humanidad.

Ruanda todavía sufre las consecuencias del genocidio y de la guerra de 1994, permaneciendo sometida a un régimen poco democrático. Este hecho, sumado a las brechas de guerra aún sin cerrar, hace de esta una sociedad frágil.

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