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Viernes, 10 Enero 2014 01:00

"Mamá, que me voy de Erasmus"

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Meses esperando el momento, mil y un problemas con el papeleo, despedidas que no acaban nunca, emoción, miedo a lo desconocido y lágrimas en el aeropuerto. Son cosas que todo Erasmus lleva en su equipaje.

El equipaje es una de las cosas más imprescindibles para los más de tres millones de estudiantes universitarios que desde 1987 decidieron decir eso de “Mamá, que me voy de Erasmus” y embarcarse en la gran aventura de sus vidas. Destinos muy variados, desde la Ciudad Eterna a las capitales bálticas, desde el vecino país del fado a la desconocida Eslovenia, pasando por París, Bruselas, Berlín o la siempre lluviosa metrópoli londinense. En total, 31 destinos a los que el programa Erasmus lleva a los estudiantes europeos con el objetivo de “mejorar la calidad y fortalecer la dimensión europea de la enseñanza superior, fomentando la cooperación transnacional entre universidades, estimulando la movilidad en Europa y mejorando la transparencia y el pleno reconocimiento académico de los estudios y cualificaciones en toda la Unión”. Sin duda, una encomiable tarea que hizo merecedor a este programa del Premio Príncipe de Asturias a la Cooperación Internacional en el año 2004. Europa y Erasmus son dos palabras ligadas que han sentado las bases de la realidad europea que hoy conocemos.

El equipaje de un Erasmus siempre sobrepasa el límite de peso que las compañías aéreas permiten, pese a ello, 18 comprometidos estudiantes de nuestra Facultad de Ciencias de la Información han decidido llevar en su maleta un proyecto nuevo: este nuevo periódico on-line de la Facultad de CCINF. Un periódico que nace de las ganas y la ilusión de un equipo de estudiantes y de su directora, con un único objetivo: hacer llegar la realidad de una manera veraz con un público tan exigente como son los propios compañeros de la Facultad.

Uno de los platos fuertes de InfoActualidad es su sección Mundo. Por primera vez, un periódico de estudiantes cuenta con corresponsales, que informan en exclusiva sobre todo lo que acontece en sus países de destino.

"Se nos presenta un año estudiantil en unas ciudades llenas de posibilidades, en las que los comienzos resultan duros y las adversidades se entremezclan con los buenos momentos”, comenta Ainhoa Muguerza, una de las corresponsales en París.

Como dice Ainhoa, los comienzos siempre son duros, y más si eres un estudiante Erasmus en una ciudad desconocida, donde por más que te esfuerces no consigues entender ese acento tan raro que le dan al idioma, y si a todo esto le sumas que no tienes casa, oficialmente ha empezado tu Erasmus.

Dicen que las personas sacamos lo mejor de nosotros mismos en las situaciones más complicadas y que "al mal tiempo, buena cara". Y quienes mejor lo saben son los erasmus, que en la mayoría de los casos llegan a sus destinos cargados hasta arriba de maletas con sobrepeso, por las que han tenido que llorar ante los mostradores de facturación del aeropuerto para que no les cobrasen la demasía. Había tanto que meter a las maletas… y tantas cosas que se tuvieron que quedar en casa a la espera de posibles visitas de amigos y familiares, que hicieran un hueco en sus equipajes para meter un poco de jamón. Porque esa es otra: quiénes no han sacrificado un jersey o un par de camisetas para hacer hueco al jamón envasado, que tras unas semanas fuera ahora sabe a gloria.

Y llega el primer destino, y en ese momento el primer escalofrío. Es el temido momento en el que ves como salen todas las maletas, menos las tuyas, hasta que aparecen las últimas y con serios abollones, pese a que tu madre se empeñó en forrarlas con un extraño embalaje en Barajas.

Ves tus maletas, las coges y piensas: “Ojalá no hubieran salido, tengo 2 manos y tres maletas ¿cómo lo hago?”. A duras penas consigues llegar a un taxi y tras diez minutos consigues que el taxista entienda a dónde vas. Algo que tampoco le deba interesar mucho, ya que te da tu primer tour por la ciudad y te mete en todos los atascos, mientras tú, pobre estudiante Erasmus, oyes como el taxista te habla de toda la sangría que bebió en Mallorca y de lo rica que está la paella, y ves como el taxímetro sigue subiendo. No has puesto un pie en tu destino y ya has hecho tu primera buena acción: con lo que te ha cobrado el taxista ya tiene para volver a Mallorca otra vez.

Pero bajas del taxi y ya estás en tu nuevo hogar, algo que muchos aún no tienen. Y es que la gran mayoría de los Erasmus son aventureros natos, deciden coger, en el mejor de los casos, unas noches de hotel, o en el peor de los casos, unas noches en un hostal cochambroso, y lanzarse a esa carrera de obstáculos que es encontrar una casa.

Resignación. Cualquiera acaba por asumir que no es posible escoger, sino conformarse. Las expectativas, que comienzan siendo altas, acaban rebasando el suelo al visitar apartamentos de trece metros cuadrados por 650 euros o de veinticinco m2 por 1200€ y dando gracias, porque el “toilette”, que por regla general se encuentra separado de la ducha y del lavabo, no esté en el descansillo y fuera de la casa, algo harto habitual.

Como dice Esther Manzanera Poveda, corresponsal en Roma: “Septiembre parece la guerra Erasmus”. Cientos de jóvenes, todos en busca del piso perfecto, con el precio perfecto en la zona perfecta. Es una competición que se libra todos los primeros de septiembre en las capitales europeas. También es el caso de París, dónde Paloma Estepar, otra corresponsal en la capital gala, participó en esta competición, de la que asegura “no gana el que llegue antes, si no el que esté mejor preparado”. Ella es una de los muchos eramus que renunciaron al sueño de abrir la ventana cada mañana y ver la Torre Eiffel, para acabar pensando que se habían convertido en verdaderos expertos inmobiliarios tras pasarse un mes de casa en casa, de hotel en hotel y de hostal en hostal, en busca del piso ideal, que al final acabó siendo simplemente 'el piso'.

Tienes tu piso, eres feliz. Pero en ese momento te das cuenta de una cosa. No tienes edredón, ni sábanas, ni mantas, ni utensilios de comida, ni toallas…. Llega el momento de hacer una visita a una de las empresas que más ha hecho por los Erasmus en toda su historia: Ikea.

“No tiene pinta de que pueda haber un Ikea en el centro de Roma al ladito del coliseo, si no que el más cercano suele estar a  dos horas de tu casa en autobús y tren, o a 4 horas y media si te equivocas de dirección y no te das cuenta hasta que te asomas por la ventanilla y sólo ves campo y vacas pastando”, recalca Esther Manzaneda.

Las corresponsales en Roma han tenido malas experiencias con la empresa sueca. Diana Tovar tuvo la suerte de encontrar al conductor de autobuses "más simpático” de toda Roma, al que le preguntó cuál era el autobús que iba hasta Ikea y éste le contestó de mal humor: “¡Ma che ci vai all’Ikea!, que traducido quiere decir: “¿a qué narices vas a Ikea?”.

Pero ojalá eso fuese lo peor, el problema viene cuando a las 10 de la noche decides volver a casa, tras haberte dejado unos cuantos meses de la beca en toallas, sábanas, un edredón término de nivel 5, una lámpara y así una lista interminable de cosas que en muchos casos no necesitabas, como esa palmerita de un euro que te has comprado para adornar tu ventana, porque no tienes suficiente con cuidar de ti mismo, sino que quieres demostrar que puedes cuidar de otro ser vivo. Y para rematar la excursión te tomas dos perritos calientes con un refresco y un helado por dos euros y los saboreas, porque no sabes cuándo vas a volver a tomar algo caliente.

Por fin tienes “La República Independiente de tu casa”. Ahora ya sólo te queda hacer un estudio sistemático sobre los supermercados. Ese momento en el que vas con el carrito de la compra por Aldi, que es el supermercado más cutre y más barato que puede existir, ves que todo es carísimo, cierras los ojos y te imaginas en Mercadona, con sus precios, su marca Hacendado y su cancioncita de fondo. Pero estás de Erasmus, abres los ojos y coges el cartón de leche más barato y piensas en lo que diría tu madre si te viera. ¡Con la cantidad de veces que te has negado a tomar otra leche que no fuera tu ahora añorada Pascual!. Pero sin duda, el momento clave es cuando tienes que renunciar al Colacao en pos de un sucedáneo llamado SchoVit, que cuesta dos euros menos. Quien no tiene muchos problemas con la comida es Helena Fernández, enviada a Roma, pues en su universidad existe la tarjeta de 'mensa', que es un bono por el que te cuesta 2 euros comer en la facultad y que incluye primer plato, segundo y postre.

La vida se complica, te empiezas a dar cuenta de esa gran mentira que es “en Europa todo el mundo habla inglés perfectamente menos en España”. Y es en ese momento, cuando haciendo gala de tu gracia natural, te inventas un nuevo idioma, como el “spanglish” o el “itañolo”, le das un acento francés a las palabras por si acaso así se parecen más al castellano, y si todo esto falla, como dice Anabel Frutos, corresponsal en Alemania, "siempre te queda el internacional lenguaje de signos".

Otra cosa que todo estudiante Erasmus que se precie ha sufrido es la tremenda burocracia. Para abrirse una cuenta hay que tener un permiso de residencia y para tener el permiso de residencia necesitas la carta del estudiante, carta que las universidades se demoran en dar hasta la desesperación. Porque en Europa, teóricamente todos los ciudadanos son iguales, pero para inscribirte en el registro no les sirve tu DNI español. Miguel C. Costas, en Bruselas, estuvo más de una hora esperando la fila de la Oficina de Extranjería y, paradojas de la vida, "¡era el único europeo!", cuenta. Tres semanas más tarde, "sigo sin estar inscrito porque el horario es de 9 a 11 de la mañana y desde las 6 ya hay cola", añade entre risas de desesperación.

La universidad, en la mayoría de los casos te deja anonadado, como a la destinada en Milán, Natalia Conde, que describe su facultad como un centro comercial: "Tiene escaleras mecánicas, pantallas digitales, ordenadores portátiles individuales, cafetería y comedor, maquinas de café, dos fuentes en la entrada…". Aunque las cosas cambian cuando entras a clase, y si no que se lo digan a Robin Simmonds, en Lyon, quien ofrece dos soluciones: "La primera, intentar comunicarte en las clases con estudiantes de grupos reducidos y esperar un milagro, o la segunda sentarte en tu esquina favorita y coger tus apuntes".

Eso si llegas a la universidad, porque lo normal es perderte en el metro para ir a cualquier sitio. Elena Paredes, corresponsal en Milán, sabe lo que es perderse en el metro y descubrir cinco horas después que en la Capital Italiana de la Moda, los trenes entran por la izquierda, en lugar de por la derecha, como en España. Otras, como Patricia Ariño, sita en Bruselas, están más contentas con el transporte, sobre todo con su precio, ya que el abono actual tan sólo cuesta 107€. Pero ¡ojo! no echéis las campanas al vuelo. Llama la atención que otros se quejen del precio del transporte en la misma ciudad, y es que una de las estupideces de los nacionalismos flamenco y valón se da en el transporte público. Si vas a una universidad de habla francófona, como Patricia, sólo pagas 107€. Por el contrario, si tu universidad, es flamenca, el precio del abono es el doble: 209€.

Pero, ¿cuándo estás realmente instalado? La respuesta es fácil, cuando le dices adiós a tu número español, con la elevada factura que te espera tras haber llamado a 300 caseros en busca de una casa, y te sumerges en un mar de compañías telefónicas con ofertas que nunca son reales y acabas con un Nokia en blanco y negro enviando mensajes de texto, algo que no hacías desde que el Whatsapp entró en tu vida. Quien lo sabe bien es Ricardo Harrison, el corresponsal en Reino Unido, quien describe la fidelidad con el operador español como algo que “se acaba en cuanto cruzas los Pirineos”.

Pero no todo tiene por qué ser malo, por ejemplo, Anabel Frutos tuvo la suerte de encontrarse por Berlín con la grabación de un reportaje para “Salvados”, el programa de Jordi Évole. Sergio Lozano, corresponsal en Dinamarca, fue "salvado" por la amabilidad de una familia danesa que le ayudó con las maletas y el transporte. Y José Rojo, nuestro enviado especial a Helsinki, está haciendo todo lo posible por "romper el umbral de la seriedad finlandesa" para llegar a conocer mejor las particularidades de los habitantes de La Tierra de los Mil Lagos.

Pero no nos engañemos, si por algo es conocido el Erasmus es por sus fiestas. Algo que saben bien nuestras corresponsales Naiara Jimeno y Clara Sánchez-Rebato, quien tras cumplir la tradición de perderse por su ciudad, Brighton, acudió a una fiesta country con disfraces de cowboy, orquesta en directo, bailes dirigidos, sidra y tarta de manzana.

Llegas a tu destinos, consigues comprender el difícil sistema de transportes, empiezas a conocer a gente, encuentras el primer bar español, comienzas a entender el complicado acento y, por fin, te das cuenta de que estás de Erasmus. Tienes un nuevo hogar, has de sobrevivir solo los próximos meses y no te derrumbas, al contrario, sonríes, porque sabes que esta va a ser la mejor experiencia de tu vida.

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