Miércoles, 26 Diciembre 2012 14:07

Más allá del círculo polar ártico

Escrito por  José Rojo Martín

Temperaturas imposibles, abetos recubiertos de nieve, lagos congelados, auroras boreales, huskies, renos… a escasos días de Navidad descubrimos Laponia, corazón del norte finlandés y patria extraoficial de Santa Claus. La maleta cargada de manoplas, bufandas y camisetas térmicas; la mente dispuesta para una aventura que va mucho más allá de lo que dictan los clichés turísticos. 

 Con un chasquido, el tren se pone en movimiento tras unos minutos de parada. A ambos lados de los vagones, van desfilando silenciosas las calles de Oulu, ciudad finlandesa y último reducto de civilización en el trayecto hacia el norte salvaje. Lenta, gradualmente, el tren va cogiendo impulso; las torres acristaladas van dando paso a construcciones más modestas, desperdigadas. Un par de naves industriales, un puñado de hogares agazapados aquí y allá entre los árboles, y luego nada. La más absoluta nada.

Sentado en la aséptica cafetería del tren, un café humeante en la mano para combatir el insistente sueño del que ha dormido poco y mal, el viajero pronto comprende que ha atravesado una frontera invisible, el umbral intangible pero nítido como una nota musical que separa la civilización del territorio virgen. Al otro lado del cristal, hasta donde la vista abarca, millas y más millas de coníferas cubiertas de nieve que alfombran suaves lomas. Aquí y allá, el blanco impoluto de un lago congelado, la plata pulida como el cristal de un arroyo convertido en hielo. Entre toda esa sinfonía de blancos, grises y azules gélidos, al cabo de una hora o dos surge una nota discordante; un punto rojo, llameante, sangriento, que atrae todas las miradas y despierta inmediatamente a los pasajeros somnolientos. Son las once de la mañana y en Laponia está amaneciendo. El animal se despereza y vuelve a la vida.

 

 

Apenas veinte minutos más tarde, decenas de turistas entusiasmados arrastran sus maletas por el andén cubierto de nieve de la estación de tren de Rovaniemi. La advertencia silenciosa de un termómetro que marca -19ºC  no es necesaria: ya el frío, compañero inseparable de estas latitudes, está haciéndose notar entre los viajeros, atravesando capa tras capa de la mejor ropa de abrigo, entumeciendo extremidades y enrojeciendo mejillas. Pero en cada rostro, la sonrisa queda intacta, prendada del oro perlado de una luz que apenas dura tres horas pero que baña el entorno de blancos y azules con un resplandor mágico, que corta el aliento. Ya en el autobús camino a Korvala, hogar durante los próximos cinco días, la magia va en aumento de manera simultánea con el terror ante un mercurio que sigue desplomándose. Cuando el autobús se detiene, ya ha rebasado la marca de los -25ºC.

Moviendo articulaciones y dando brincos para no perder la circulación en manos y piernas, los viajeros se congregan ante las puertas del edificio central – futuro restaurante y centro de operaciones – y atienden a las palabras de la dueña del negocio, que narra cómo una familia de seis (padre, madre y cuatro hijos) puso en pie todas las construcciones de madera que la vista abarca, crió decenas de huskies así como manadas enteras de renos para el pastoreo; una historia con claras resonancias de uno de los mitos del imaginario finlandés: el grupo que se impone sobre un entorno hostil sin la ayuda de nadie, que sólo cuenta con el esfuerzo de sus manos para levantar una vida de la nada.

Tras una breve visita al alojamiento – diminutas pero acogedoras cabañas de madera -, el cuerpo parapetado tras todas las capas de abrigo posibles, el visitante ya está listo para un primer pulso con Laponia, un primer paseo, una primera sorpresa: en la hora escasa que medió entre la llegada a Rovaniemi y el desplazamiento hasta Korvala, el sol que parecía amanecer ha saltado sin transición al atardecer y desciende ahora lenta, majestuosamente, inundándolo todo de una luz rojiza, flamígera. Apresurados, conscientes de que la claridad tiene las horas contadas, los viajeros se afanan por explorar las inmediaciones: el lago de Korvalampi, cercado por bosques y completamente oculto tras una capa de medio metro de hielo endurecido como la piedra y por el que se puede andar libremente. Aunque no sin ciertos sobresaltos: si uno se arrodilla y escarba entre la nieve, pronto da con el hielo, una armadura fría e impasible cuyas tinieblas anticipan las cavernosas profundidades del lago que aguarda al otro lado. De pronto, el vértigo del que comprende que sólo unos centímetros le separan de un abismo negro, del que jamás sobreviviría. Primera lección que imparte Laponia, posiblemente la más importante: la belleza indómita esconde un peligro muy real; Laponia no es un decorado, es un mundo salvaje. 

Y lo salvaje de Laponia, como intuye el visitante al día siguiente en pleno safari de motonieve, no se encuentra en sus bosques, sus blancos abismos o sus temperaturas imposibles. No, lo salvaje de Laponia son sus espacios abiertos, una inmensidad que se burla de cartógrafos y convenciones, el latido de los lugares antiguos, eternos, que han sido y serán con independencia de la civilización que trata de abrirse paso a través de ellos. Pero así como Laponia abruma y asusta, también inyecta entusiasmo en vena, contagia su energía salvaje y empuja al viajero a arriesgar, a sacudirse las convenciones de encima y lanzarse al vacío, lanzarse a vivir el mundo que le rodea.


 

La adrenalina de derrapar encorvado sobre una motonieve mientras a ambos lados desfila la naturaleza virgen, indómita; el alma sobrecogida al caminar entre el silencio mágico de un bosque de abetos cubiertos de nieve; la alegría desbordada de una manada de huskies rodeando al visitante arrodillado, olisqueando una mano tendida, pidiendo caricias; el espectáculo grandioso de un valle glaciar, con carteles que advierten del peligro de avalanchas y cascadas convertidas en hielo que serpentean por sus escarpadas laderas, con carámbanos como lanzas, más grandes que uno mismo; el respeto casi reverencial que impone la presencia de un reno, con una cornamenta que se alza sobre el cráneo en curvas y espirales que parecen nacidas del capricho de un tallador de madera… 

Y si los cortos días agotan con emociones que quedarán para el recuerdo, la larga noche boreal no se queda atrás. Por un lado, el ritual de la sauna tradicional, parada obligatoria para quien busque ver más de cerca el alma finlandesa. Recostado sobre gradas de madera – cuanto más arriba se sienta uno, mayor el calor -, el viajero se arma de un cubo lleno de agua que se va vaciando, a intervalos, sobre las brasas. De la cantidad que se vuelque depende la intensidad de unas oleadas de calor que hacen ascender la temperatura hasta unos 70-80ºC; los estoicos finlandeses, con una piel más gruesa que quien viene del mediterráneo, no suelen tener problema con volcar cubos enteros. 

Pero las emociones fuertes no llegan dentro de la sauna sino fuera de ella: al cabo de unos minutos, cuando el calor se hace insoportable, comienza la segunda parte del ritual, la que implica una carrera frenética - sin más protección que unos calcetines - a un exterior en el que las temperaturas rondan los -15ºC. Allí, en lo que los finlandeses denominan “avantouinti” (natación de hielo), el turista puede elegir entre bien sumergirse en un lago helado durante unos segundos o rodar sobre la propia nieve; el contacto de los copos con la piel desnuda puede compararse con ser perforado por millares de minúsculas agujas. Desbocado el corazón, entumecidas las extremidades, agotada la protección temporal que otorga el calor de la sauna, el visitante corre adentro y el ciclo se repite.


 

Al margen de la sauna, la larga noche de Laponia depara momentos que dejan una huella en la memoria que el tiempo nunca borrará. Tumbado en el corazón de un lago congelado que ya no asusta, la espalda recostada sobre la nieve, rodeado por una oscuridad en la que se adivina, más que se ve, la silueta de los bosques en el horizonte recortándose contra la noche, el viajero se siente sobrecogido por un firmamento que se ve como nunca antes en la vida; un planetario improvisado en el que se dibujan, más nítidas que nunca, todas las constelaciones. Pendiente de contar estrellas y ubicar planetas, tarda unos segundos en detectar un resplandor tenue, titilante, que ondea en la noche como la vela de un barco fantasma; un resplandor verde brillante, mucho menos nítido que lo que prometen las fotografías pero infinitamente más especial. Una vez el ojo lo encuentra, ya nada lo puede apartar de allí. Laponia, siempre celosa de sus secretos, comparte esta noche un pedazo de su magia de tiempos remotos; una magia que jamás será olvidada. Un par de días más tarde, ya en el tren de vuelta, el visitante que regresa a las comodidades de la vida conocida comprende, ya demasiado tarde, que jamás será el mismo.

Visto 2039 veces

Deja un comentario

Los comentarios están sujetos a moderación, por lo que pueden tardar un poco en publicarse o rechazarse.

Buscar

@infoactualidad_

¿Qué comemos hoy?

 
Ciencias de la Información

<PRIMEROS>

Hamburguesas con patatas

Alitas de pollo

Merluza en salsa

<SEGUNDOS>

Gazpacho 

Paella mixta 

Ensaladilla rusa

  

Infoactualidad no recaba datos personales de ningún tipo, pero emplea cookies para contar las visitas. La navegación por el sitio significa aceptar este uso.