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Jueves, 23 Abril 2015 00:00

El alcohol en Noruega, a un precio garrafal

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Tienda Vinmopolet en Noruega / Foto: Yon Recio Tienda Vinmopolet en Noruega / Foto: Yon Recio

No existe en toda Europa un Estado más estricto con la bebida que Noruega. En este país nórdico, como ocurre en Suecia, los supermercados tienen prohibido vender cerveza generalmente a partir de las ocho de la tarde. Las botellas de mayor graduación, alrededor de cuatro quintas partes del total, quedan limitadas a las licorerías estatales, llamadas Vinmopolet, donde los altos impuestos elevan sus precios hasta las nubes. El Estado persigue el alcoholismo con estas medidas, en especial entre los más jóvenes.

Lejos de la era vikinga, allá por el año 1531, un noble danés llamado Eske Bille le envió al arzobispo Olav Engelbrektsson la receta para destilar el vino. Acompañaba la carta de un regalo que describía como “un tipo de agua llamada aqua vitae que cura todos los tipos de padecimientos internos que una persona puede tener”. Poco tiempo después, el aparato de destilación ocupaba un lugar más en el equipamiento del hogar, junto a las ollas y las sartenes. Como reacción, el Gobierno frenó la venta de licores fuertes durante los domingos y las fiestas. Esta prohibición sigue vigente en la actualidad. Hoy día el Gobierno noruego monopoliza la producción, la importación y la venta de alcohol a través de las 250 licorerías situadas en los focos mejor comunicados del país.

Una tienda Vinmopolet vende todas las bebidas superiores a un 4,75% de graduación. Esta cifra engloba las cervezas más fuertes, los whiskys, vodkas y todos los rones que uno pueda imaginar. Y estas bebidas sólo ocupan un pequeño espacio en estas enormes tiendas con aspecto de supermercado. La sección más grande la ocupan todos los vinos de importación franceses, españoles e italianos, aunque también pueden proceder de otros países como Estados Unidos, México, Alemania o Australia. Y con la cerveza la oferta se amplía. Naciones como Inglaterra, Dinamarca, Nueva Zelanda, Japón o Turquía también tienen su representación en un Vinmopolet.

Los altos impuestos elevan los precios hasta cifras inimaginables. Marcas como Ballantines, Baileys o Bacardi siempre oscilan entre los 40 y los 50 euros. El económico Brugal cuesta 318,80 coronas noruegas, lo que al cambio se traduce en 35 euros. Un Ribera del Duero o un Gran Reserva Torre Oria no bajan de los 15 euros. Una botella del famoso Freixenet catalán vale 22 euros en Noruega. Y para los amantes del tinto, raro sería encontrar uno que baje de los 12 euros.

Gunn Mounland, una señora de mediana edad, echa un vistazo a la sección de vinos españoles en un Vinmopolet de Bodø, la capital de la provincia de Nordland. “Pienso que un vino con la suficiente calidad es caro comparado con otros países, pero para mí generalmente está bien. Probablemente el alcohol más fuerte sea demasiado caro, pero yo no suelo comprarlo”, opina.

Vinmopolet, el rey del alcohol

Noruega impuso la ley seca en 1919. Como consecuencia, las naciones productoras de vino exigieron igualdad respecto a las mercancías procedentes del país nórdico, en especial Francia. Como resultado, en 1922, nació Vinmopolet. En 1939, el Estado se hizo con todas sus acciones, estableciéndose como su único propietario.

Sus actividades de importación y exportación cesaron en 1996, año en el que la Asociación Europea del Libre Comercio dictaminó que el monopolio violaba el acuerdo fundacional del Espacio Económico Europeo. Dos entidades surgieron tras este momento: Arcus, que continuaría con las actividades de producción, importación y distribución; y Vinmopolet como la única y verdadera minorista, ambos controlados por el Ministerio de Sanidad y Servicios Sociales.

Los noruegos se han mostrado a favor de continuar con el monopolio en varias ocasiones. En el año 2008, un sondeo del Norsk Kundebarometer, una encuestadora procedente de la Escuela Empresarial de Noruega, reflejó que el 88% de los consumidores se encontraban satisfechos con la situación actual. Apenas cinco años después, TNS Gallup, la mayor agencia de análisis de mercado de Noruega, revelaba que un 74% de la población mantenía su apoyo, mientras que un 22% prefería disolverlo.

“Hay un 40% de impuestos y los beneficios vuelven a las arcas del Estado”, señala Chris Shepherd, asesor de servicio al cliente del Vinmopolet de Bodø. En este establecimiento acuden cada semana alrededor de 6.500 consumidores y se venden 820.000 litros de alcohol cada año. Para él, cualquier monopolio estatal se fundamenta en la idea de que el comprador recibe una compensación por el consumo en forma de bienes y servicios. Implica dar y recibir, pero el control total del Estado también significa grandes restricciones. “No es legal vender alcohol en Noruega con graduación superior a 60%”, añade.

Limitaciones para alcohólicos y adolescentes

“Vinmonopolet sirve para regular el acceso de la gente a las bebidas alcohólicas y por ende, para mantener el consumo en un nivel aceptable”, aclara Ida Brenden Engholt, una de las  responsables de información de Vinmopolet. “El alcohol es legal, por supuesto, pero la existencia del monopolio asegura que la gente no tenga acceso ilimitado a el”, precisa.

Y todas cierran a las seis de la tarde entre semana y tres horas después de mediodía durante los sábados. “Las restricciones han demostrado ser muy eficaces en la lucha contra el alcoholismo. El acceso limitado hace que la gente beba menos, y esto ha sido probado por muchas encuestas. Noruega es uno de los países de Europa donde se bebe menos”, afirma Engholt.

En todas las tiendas, los empleados tienen la obligación de comprobar la edad de todos los clientes menores de veinticinco años. Y lo mismo sucede en los supermercados, donde sólo venden cervezas de baja graduación y unos curiosos botellines de Smirnoff. Estas bebidas, por tratarse de las opciones más baratas, gozan de gran popularidad entre los jóvenes de edades comprendidas entre los veinte y treinta años. “Quizá vodkas que puedan mezclar con limón o sprite. Ah, y los jóvenes compran mucho Captain Morgan”, añade el empleado de la tienda de Bodø. Una botella de Captain Morgan cuesta 28 euros en un Vinmopolet.

Aunque como en todo, hay voces críticas. Tom Marthinsen, el crítico de vinos de Dagens Næringsliv, levantó la voz contra el sabor “burocrático” de los precios del alcohol. “Me alegra escuchar que ciertos productores italianos y franceses están considerando tomar este asunto irracional ante el Tribunal Europeo y tal vez ante la Asociación Europea de Libre Comercio. Podríamos dar un golpe al arrogante poder de la sede de Vinmonopolet”, manifestó.

Este país ha encabezado las campañas de la OMS contra el alcoholismo en los últimos años. Sus altos impuestos limitan el abuso del alcohol, pero al mismo tiempo contribuyen a mantener su Estado del Bienestar, el más generoso de Europa.

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