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Domingo, 28 Octubre 2012 13:31

Entrevista embajadora española en Finlandia

Escrito por  José Rojo Martín

 

 

Apenas acaban de dar las once de la mañana y en Helsinki ya aprieta el filo de un aire gélido; huele  a tierra húmeda, a mar, a norte, que anticipa los rigores de un invierno que ya planea sobre la ciudad diga lo que diga el calendario. Las hojas descienden en una espiral lenta, hipnótica, y van a acumularse en montones a los pies de los arces que flanquean las elegantes avenidas de Punavuori, distrito de parques, mansiones y embajadas. A lo lejos, como despistadas entre toda esa fronda de amarillos, bronces y granates, ondean al viento las banderas de España y de la Unión Europea.

Diez minutos más tarde y al otro lado de una puerta, de golpe queda atrás todo ese mundo de bosque, mar y piedra. Modesta pero espaciosa, de líneas y ángulos rectos, muros de madera y enormes ventanales, la embajada de España en Helsinki exhala carácter nórdico por cada poro. Es en ese escenario que nos recibe Dª María Jesús Figa López-Palop , embajadora de España en Finlandia. Curtida tras décadas en la trinchera como diplomática, veterana con una infinidad de destinos a sus espaldas (Costa de Marfil, República Dominicana, México, Portugal, el Vaticano), esta licenciada en Derecho se confiesa no obstante intrigada con el país al que le han terminado por llevar sus pasos.

I: Cinco meses ya por Helsinki. ¿Cuáles son sus primeras impresiones?

R: El cambio ha sido grande; cambio de clima pero también de cultura. Yo llegué a Helsinki viniendo desde Roma, desde mi puesto como embajadora ante la Santa Sede. Del Palacio de España, sede de la embajada allí en el Vaticano, a esta embajada; del barroco italiano al minimalismo nórdico. En todo hay belleza, y yo aquí en Finlandia encuentro mucha serenidad.

I: De entre todos los destinos que ha visitado como embajadora, ¿con qué se queda de Finlandia? ¿Qué le ha sorprendido más de este país?

R: Apenas tenía juicios previos sobre los países nórdicos; jamás pensé que terminaría aquí. Comparada con la mayor parte de mis anteriores destinos – Costa de Marfil, México, República Dominicana – Finlandia se me antoja casi exótica y tengo una enorme curiosidad por el país y su pueblo. Hay mucho mito con el finlandés cerrado y frío y he comprobado que no es verdad. Son muy abiertos y la curiosidad es mutua: España es un país que fascina a los finlandeses.

I: ¿Qué imagen guarda del español medio la sociedad finlandesa?

R: Por España hay simpatía, proximidad. A ello ayuda que España siga siendo el primer destino turístico entre los finlandeses. Nuestros pueblos van conociéndose mejor y estando más unidos. Como curiosidad, un finlandés que conozco me comentó cómo la marca España entra en este país a través de series españolas como Los Serrano o Cuéntame; los finlandeses se acercan así a la historia y forma de ser españolas. No obstante, considero que hay ciertos tópicos sobre la imagen de España en el extranjero que habría que desterrar.

I: ¿A qué tópicos se refiere?

R: En particular, al que nos sitúa como nación que vive del turismo y poco más. Esa España de playa y chiringuito bien puede actuar como imán para turistas, pero nos perjudica como imagen de país puntero. Como dato para romper estereotipos, apuntar que aunque productos como el vino o el cava españoles gozan de gran éxito entre los finlandeses, la principal exportación de España a Finlandia no es ningún bien primario sino productos manufacturados: coches, etc. Es importante reivindicar estas cosas, proclamar sin tapujos “nosotros también estamos”. Yo no estoy de acuerdo con que exista ese contraste norte-sur del que hablan algunos en cuanto a la productividad o eficiencia.

I: Dejando a un lado los vínculos culturales, ¿cuál es la situación actual de las relaciones diplomáticas entre España y Finlandia?

R: Algo que beneficia a los contactos entre ambos países es estar encuadrados bajo el paraguas europeo y de la eurozona. Pertenecer a una misma unión, disponer de una misma moneda son aspectos que proporcionan una malla fundamental para las relaciones entre dos Estados. Tanto aquí como en Madrid, mantenemos constantes reuniones informativas a cuenta de la postura tanto de Finlandia como de España en temas que conciernen a la Unión Europea. Más allá de eso, aunque queda mucho por hacer en cuanto a las relaciones bilaterales y económicas, estamos avanzando por el buen camino. Como prueba, el contrato que la ciudad de Helsinki ha concedido la empresa española Construcciones y Auxiliar de Ferrocarriles (CAF) para la construcción de los trenes que circularán por una nueva línea de metro aquí. Con 140 millones de euros, es el mayor contrato que la administración de Finlandia ha sellado jamás con una empresa española.

I: ¿Se verá resentida esta estela de éxitos diplomáticos con los recortes de una era de crisis? ¿Cómo se percibe la debacle económica española desde fuera de sus fronteras?

R: Es cierto que seguir los acontecimientos desde fuera del país de uno hace que no se viva tan intensamente todo, pero también te proporciona una cierta perspectiva panorámica, el prisma que te otorga la lejanía. No obstante, que la crisis esté teniendo lugar fuera del ámbito de una embajada no quiere decir que seamos ajenos a ella, ni mucho menos. Como colectivo, los diplomáticos estamos también en crisis: los últimos recortes supusieron una reducción del presupuesto para Asuntos Exteriores en un 50%, y se ha notado.

I: Más allá de períodos de crisis y recortes, ¿qué le llevó a fijarse en la diplomacia de entre todas las profesiones? ¿Fue un asunto de vocación?

R: Fue vocación y casualidad a partes iguales; en mi familia no había ningún diplomático pero eso no me impidió apostar por ello allá por 1978. La carrera diplomática me ofrecía posibilidades sin límite de lanzarme al mundo, conocer mucho más de cerca su funcionamiento. Por no hablar de poder representar a mi país: a mí me enorgullece representar a España. Si naciera veinte veces, sería veinte veces diplomática.

I: Con un pie en cada país, con una maleta siempre a medio hacer, hay quien define a los diplomáticos como los aventureros del siglo XXI. ¿Hasta qué punto ha vivido usted esta trayectoria como una aventura?

R: Yo lo calificaría como una aventura tranquila. Los cambios suelen estar espaciados en el tiempo; el diplomático medio suele permanecer en un mismo destino de dos a cinco años. Sin embargo, cuando llegan también lo hace la aventura: en cuestión de días, cambias de país (en ocasiones de continente) y desembarcas en una nueva realidad que no puedes limitarte a conocer de manera superficial. Tanto por el cargo de embajador como por la inquietud personal, uno debe instalarse, profundizar, hundir raíces. Por desgracia, esto suele llevarse por delante la curiosidad turística, ese misterio del que viaja a un lugar nuevo sabiendo que se marchará en días.

I: Tras más de 35 años al pie del cañón, ¿queda hueco para alguna renuncia, esa espinita clavada del preguntarse por la vida que habría sido de no haber escogido la carrera diplomática?

R: Apostar por esta profesión resulta duro para los cónyuges: estoy casada con otro diplomático destinado en Roma y no es una situación fácil. Para los hijos es todavía más difícil porque psicológicamente, cambiar radicalmente de entorno cada poco tiempo tiene un alto precio para ellos. La carrera diplomática siempre ha chocado con el concepto tradicional de familia. Aun así, elegir siempre es renunciar, nunca se puede tener todo. No me queda la sensación de haberme perdido nada: lo más positivo de ser diplomático es que puedes vivir muchas vidas.

 

 

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