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Jueves, 26 Mayo 2016 12:00

Ciudad inglesa, café italiano, camarero español

Escrito por 
Cristina y Pablo posando con Mónica, su compañera italiana / F. Pablo Lasaga Cristina y Pablo posando con Mónica, su compañera italiana / F. Pablo Lasaga

Lo primero que llama la atención al entrar a la cafetería no es el aroma a café. Tampoco llama la atención el bullicio propio de una ciudad universitaria como Brighton ni el ir y venir precipitado de personas llevando el característico vaso de cartón azul del Café Nero. Todo eso es natural en Inglaterra, un país donde el comedor es la calle y todo el mundo parece estar de paso hacia no se sabe dónde. Lo que llama la atención al cruzar la puerta del Café Nero de Churchill Square es el acento español de los camareros.

El acento español en Inglaterra es como llevar una pancarta en la que diga “¡soy español!”, se detecta enseguida y es imposible disimularlo. En cuanto dos españoles se encuentran, comienza el cuestionario obligatorio: “¿Cómo te llamas? ¿De qué parte España vienes? ¿Qué haces aquí? ¿Cuánto tiempo llevas? ¿Te está gustando?” Toda la experiencia migratoria condensada en quién, dónde, cuándo, cómo y por qué.

Así fue como conocí a Pablo y Cristina. El uno madrileño, la otra tinerfeña; el uno con 26 años y la otra con 32. Y, sin embargo, ambos con una historia parecida. Tras graduarse en España (Pablo en Ciencias Ambientales y Cristina en Ingeniería Química) se enfrentaron a la cruda realidad Española.

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Café Nero en Brighton / F. Pablo Lasaga Mota

La mecha: el paro

El último estudio del Instituto Nacional de Estadística muestra que el paro entre los jóvenes sigue estando cercano al 50% (43,26%). Al no encontrar trabajo relacionado con los campos que habían estudiado, Pablo y Cristina se vieron obligados a emigrar. Si iban a trabajar en algo que n fuese su vocación, al menos irían a algún lugar donde la precariedad laboral fuese menor que España.

Todo eso, unido al deseo de querer mejorar su nivel de inglés, llevó a Pablo y Cristina a afincarse en Brighton. Allí comenzaron a trabajar como camareros y allí continúan desde hace casi un año en el caso de Cristina y más de dos en el de Pablo. La apuesta parece sencilla. El sueldo mínimo interprofesional se sitúa en España en los 4,89 euros la hora mientras que en Reino unido el sueldo mínimo para mayores de 25 años es de 7,20 libras esterlinas por hora.

Pablo recuerda con nostalgia y cierta rabia cómo partió a Ecuador para estudiar su máster. La frustración es palpable en su rostro cuando relata cómo consiguió trabajo en l universidad y cómo tuvo que dejar aquel país atrás al terminarse su contrato. Pablo se ve como un eterno emigrante. Incapaz de siquiera contemplar su regreso a España, su mente busca desesperadamente otros lugares y otros destinos. A pesar de disfrutar de una vida estable en Brighton, siente que sus años de universidad no le sirvieron para nada está convencido de que su destino se encuentra en alguna otra parte esperándole.

España es para él un país triste. Los altos índices de paro y la proliferación de contratos basura hacen de nuestro país un hervidero de decepción y angustia constantes. Esta atmósfera derrotista repele a todos aquellos que, como Pablo, salieron un día de nuestras fronteras para no volver.

Cristina es, sin embargo, mucho más optimista. A pesar de haber emigrado a Reino Unido en circunstancias similares a las de Pablo, ella siente que en algún momento todo irá a mejor. La esperanza de volver algún día a su tierra se refleja en su mirada vivaz y su sempiterna sonrisa con la que atiende a todos los clientes que cruzan por la puerta. Aunque tampoco es una ilusa. Cristina tiene muy claro que no volverá a las Islas Canarias hasta que vea que todas sus amigas han encontrado un trabajo no precario relacionado con lo que estudiaron en la Universidad.

“Muchos amigos me dicen que hice lo correcto al venirme para acá” sentencia Pablo, con cierto gesto irónico. En Inglaterra, no sólo ganan más de lo que ganarían en España con un trabajo similar, sino que también han encontrado una estabilidad que en España brilla por su ausencia. A primera vista, desplazarse cientos de kilómetros de tu hogar parece ser la opción más rentable. Sin embargo este es un pensamiento racional, frío, calculador (en el sentido más literal de la palabra) e incluso despiadado. Estos dos españoles viven en una sociedad a la que no pertenecen y en la que la alienación es un sentimiento tan real como el omnipresente sonido de las gaviotas.

Las tazas entran y salen del lavavajillas con un ritmo imperturbable y, sin embargo, Pablo y Cristina siguen al pie del cañón, como quien dice. A pesar de formar parte de la sociedad inglesa como fuerza de trabajo, la integración sigue siendo un reto muy grande. La legendaria frialdad británica fuerza a los inmigrantes a buscar el calor de sus propias comunidades que son siempre más abiertas, más amables, más receptivas.

Una cuestión de integración

Tanto Cristina como Pablo se quejan de que, por mucho que lo han intentado, no han conseguido entrar a formar parte de una sociedad que ve cómo extranjeros y los considera incapaces de adaptarse. No deja de ser curioso cómo son los prejuicios los que causan la realidad social y no al revés.

Cristina y Pablo no son héroes. Son sólo la cara de un problema estructural de la sociedad que los políticos (como colectivo) no han sabido afrontar. Estos dos muchachos son víctimas de un sistema ineficaz y de una situación que nadie parece querer solucionar. Ellos, como tantos otros, siguen su lucha particular; una lucha que batallan cada día cuando dan lo mejor de sí mismos en un trabajo que no les satisface en una realidad que los identifica como hombres y mujeres sin tierra, atrapándolos en la eterna añoranza de un hogar al que no pueden volver.

No son héroes, no son refugiados huyendo de una guerra infame, no son puestos en campos de internamiento para inmigrantes ni han tenido que buscar su comida en la basura. Pero son personas. Personas con sus sueños y sus metas. Personas que han intentado encontrar la realización personal allí donde la vida les ha ido llevando. Cristina y Pablo son personas que, a pesar de todos los obstáculos en su camino, nunca cejan en su empeño por mejorar las cosas. Y lo más importante, siguen queriendo poner en práctica lo que aprendieron en la universidad, aunque no sea en España.

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