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Lunes, 04 Mayo 2015 00:00

El nazi que salvó París desobedeciendo a Hitler

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Celebración de la liberación en los Campos Elíseos / Foto: Sipa Press Celebración de la liberación en los Campos Elíseos / Foto: Sipa Press

La Segunda Guerra Mundial dejó tras de sí una importante huella en las capitales europeas, ciudades que reflejaban la crudeza de una guerra sin piedad. No así, París, que apenas sufrió daños en su arquitectura y logró conservar todos sus monumentos a pesar de haber sido ocupada por los nazis en 1940. Hitler llegó a ordenar la destrucción de la ciudad, sin embargo, y pese a la fidelidad de sus generales, la orden no llegó a cumplirse y la capital francesa nunca llegó a derrumbarse.

La Segunda Guerra Mundial acabó con, aproximadamente, 36 millones y medio de vidas solamente en Europa. Y pese a que nada es comparable a tal cantidad de muertes, la guerra también arrasó con el arte y con gran parte el patrimonio histórico del continente. Palacios, museos, catedrales, edificios de importancia y belleza histórica… símbolos de Europa y orgullo de los europeos. Pero en la guerra no hay piedad para el arte.

Durante la Conferencia de Bruselas de 1874 se estableció por primera vez que en los bombardeos durante la guerra se debía “respetar, en la medida de lo posible, iglesias y edificios utilizados para propósitos artísticos, científicos y caritativos”. Las Conferencias de la Haya de 1899 y 1907 añadieron el deber del sitiado de “señalar la presencia de estos edificios o lugares distintivos, que deberán ser notificados al enemigo de antemano”. Sin embargo, estas normas no fueron respetadas durante la Primera Guerra Mundial, así que en la Conferencia de Washington de 1922 se terminó por prohibir todo ataque aéreo a objetivos no militares, prohibición que también sería vulnerada a partir de 1937 con el bombardeo de Guernica. Este acto simbolizó el punto de inflexión del nuevo tipo de guerra que estaba a punto de sacudir al mundo.

Una guerra psicológica

La invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939 dio comienzo a la Segunda Guerra Mundial. El objetivo nazi era establecer un imperio ario en todo el territorio europeo, de modo que durante las invasiones, las órdenes iban más allá de derrotar al ejército contrario, se trataba de arrasarlo todo e incluso hacer desaparecer la cultura y la historia propias. La historiadora francesa Geneviève Legault comenta que “este tipo de invasión va más allá de una guerra militar: es la guerra psicológica que trata de hacer desaparecer la historia de un país, la cultura, todo el patrimonio. En este sentido Polonia fue probablemente el país más castigado por la guerra”.

Fue entonces, el 14 de junio de 1940, cuando las tropas alemanas llegaron a París. La ciudad palideció, las grandes luces rojas del famoso Moulin Rouge se apagaron, el jazz dejó de oírse por los bares de Montmartre, la torre Eiffel dejó de brillar y la esvástica nazi invadió la ciudad. La expansión nazi hacia el oeste, si indudablemente también fue dura, no se desarrolló de la misma manera. “En la parte occidental de Europa la población no era eslava, y por tanto no estaba considerada racialmente inferior, en el caso de Francia incluso se podría hablar de cierta admiración. Esto hizo que la guerra fuera menos sangrienta que en Europa del Este”, explica Legault.

Además, lo que había sucedido con otras ciudades advirtió a Francia de lo que el Tercer Reich era capaz, de modo que París se declaró “ciudad abierta”, no pondría resistencia ante la inevitable invasión. La historiadora Legault explica que “la ocupación era inminente, no había una opción menos mala que la de no poner resistencia” y añade que “Belgrado también se declaró ciudad abierta un año más tarde, aunque no tuvo la misma suerte que París y fue bombardeada de todos modos”. La capital francesa también tomó medidas preventivas: gran parte de las obras de arte de los museos fueron trasladadas a lugares seguros, las estatuas más importantes fueron protegidas con sacos de arena e incluso se retiraron, pieza por pieza, las vidrieras de Notre Dame.

¿Desobedecer al Führer o volar Paris?

El 23 de agosto de 1944, justo antes de que concluya la liberación de París, Hitler dio la orden de destruir la ciudad. Sin embargo la orden nunca llegaría a ejecutarse. El general Dietrich Hugo Hermann von Choltitz, el último comandante de la ocupación nazi en París y hombre de confianza de Hitler, desobedeció por primera vez una orden del Führer al no llevar a cabo la explosión de la capital francesa. Para comprender esta decisión, en el contexto nazi, hay que tener en cuenta varias claves. Una de ellas fue el cónsul sueco, Raoul Nordling, diplomático que gestionó la tregua, que solo duraría dos días, entre la resistencia francesa y los soldados alemanes el 19 de agosto de 1944. Nordling, salvó vidas alemanas y francesas gracias a la tregua, hizo liberar a 3.245 prisioneros y se le atribuye gran parte del mérito de que von Choltitz no volara ningún puente ni monumento de París. Se dice que Nordling le recordó al comandante nazi que la guerra no era contra los parisinos, sino contra su ejército.

Por su parte, von Choltitz, aseguraría en un libro publicado en 1969 que en su reunión con Hitler, en la que le ordenaría la destrucción de París, había visto a un Führer que no se encontraba en sus cabales y por esa razón había desobedecido sus órdenes. “Estaba frente a él y veía a un anciano, encorvado, hinchado, de escaso pelo gris, temblando y físicamente arruinado. Sin duda, yo estaba de pie delante de un loco. La conciencia de que la existencia de nuestro pueblo estaba en las manos de un loco, incapaz de controlar la situación pesaba con fuerza sobre mí”, escribe en sus memorias Un soldado entre soldados, cómo París fue salvado.

Von Choltitz sabía que la guerra ya estaba perdida por aquel entonces. Las ciudades alemanas estaban siendo arrasadas por los bombardeos aliados y la Luftwaffe –las fuerzas aéreas nazis- había adoptado una posición defensiva, ya sin poder para realizar grandes bombardeos. Era consciente de que la destrucción de las infraestructuras de París era inútil, entonces… ¿Por qué no pasar a la historia como el hombre que salvó, a la que algunos llaman, la ciudad más bonita del mundo?

Adelantándose a los acontecimientos y preocupado por su futuro como prisionero, von Choltitz negociaría su rendición con un oficial aliado. El 25 de abril, tras un combate de última resistencia, se rinde ante un soldado español, Antonio González, de ‘La Nueve’ –la novena compañía de la segunda División Blindaba de Leclerc, formada por cerca de 150 republicanos españoles que participaron en la liberación de París bajo mando francés, siendo la primera unidad que entró en París, la noche del 24 de agosto-. Von Choltitz es llevado a la comisaría de policía, la sede de la resistencia francesa, donde se rinde públicamente ante el general Leclerc.

Una sensibilidad selectiva

El 26 de agosto de 1944, París recupera su color. Sobre los Campos Elíseos desfila la celebración de la liberación de la ciudad. Una ciudad que logró mantenerse en pie, pese a que muchos de sus ciudadanos no corrieron la misma suerte. Von Choltitz decidió no volar París, aunque esta fuera la única orden que desobedeciera de Hitler. No fue capaz de destruir la arquitectura francesa pero su corazón, de sensibilidad selectiva, no se ablandó ante la muerte de miles de civiles.

“Si la orden se hubiera obedecido y París hubiera sido destruido… habría sido un gran golpe, no solo para los franceses y su orgullo nacional, sino para todos los aliados. Alemania habría perdido la guerra de todos modos y Europa se habría quedado sin una parte importante de su identidad. Claro que la ciudad se habría reconstruido como se hizo con tantas otras, pero bajo un recuerdo tan desagradable como lo es el de la guerra”, opina la historiadora Legault.

El general Choltitz no fue juzgado en Nuremberg, fue llevado a un campo de prisioneros para oficiales alemanes en Londres, más tarde sería trasladado a otro campo en el estado de Misisipi hasta su liberación en 1947. No moriría hasta 1966 hospitalizado por una larga enfermedad.

Actualmente, setenta años después, entre edificios que guardan los secretos de la guerra, en París el tiempo parece haberse detenido.

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