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Jueves, 19 Diciembre 2013 00:00

Una Navidad cualquiera en la ciudad de las luces

Escrito por 

 Marché de Noël, Campos Elíseos, París.

Como Ernest Hemingway decía: “Si tienes la suerte de haber vivido en París de joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida.” No hace falta ni ser joven, ni vivir en la gran ciudad; basta con visitarla en Navidad para que estas palabras cobren sentido. Un ambiente de recogimiento recorre la capital, transformando las calles en espectáculos luminosos, los árboles en deslumbrantes gigantes y, a los franceses, en los vecinos bondadosos que no siempre sabemos ver.

 

Audrey Mélinon, estudiante de Comunicación, señala que la Navidad “es una fecha para estar en familia”. El 24 de diciembre se celebra la noche de la réveillon (que simboliza el despertar de Jesús en su nacimiento), con la gros souper, una cena en la que no escatiman en comida ya que a los parisinos, como a los madrileños, les gusta comer bien en las grandes fiestas. “La madre de la familia cuya casa es el lugar de reunión se encarga de la comida, en la que invierte mucho tiempo en cocinar. Prepara menús adaptados a cada uno, asimismo, los niños no suelen comer ostras, sino salmón ahumado”. Lo que nunca falta en los platos es el foies gras, los caracoles, el boudin blanc o salchica blanca, y el pavo, pollo o ganso asado relleno de castañas o nueces con puré de patata, o cualquier otro ave asado como plato principal. Además del postre típico, el bûche de noel, un bizcocho alargado relleno de chocolate, pastel o helado, decorado como si fuera un tronco listo para echar a la chimenea.

“Algunas familias van a la messe de minuit, pero no la mia”, señala Audrey. Después de la gran cena, sólo los más mayores se animan a ir a nuestra misa del gallo. Lo más frecuente es que se pase toda la noche en familia. Incluso el día siguiente, el 25, la celebración continúa: “pasamos todo el día juntos, en el calor del hogar o bien dando un paseo por la ciudad”, explica Audrey, para la que estos días son unos de los más felices del año.

Campos Elíseos decorados con luces navideñas, París.

Durante los días de vacaciones, Olivier Bourgeois no duda en aprovechar que no tiene clase en la universidad para perderse entre los aires navideños de la capital francesa. “Una de mis cosas favoritas es el inmenso árbol azul que ponen enfrente de la Catedral de Nôtre Dame, porque es único, no hay ninguno que incluso se le parezca”.  De árbol a árbol, la ruta sigue por el de las galerías La Fayette, de menores dimensiones mas no por ello con menores visitantes. “Sus escaparates son un emblema navideño. No puedes pasar por delante y no pararte”, porque tanto su música como el movimiento de sus muñecos, por cortesía de marcas tan prestigiosas como Dior o Channel, te atrapa sin opción.

Para acabar la jornada, nada mejor que pasearte por uno de los muchos mercadillos navideños instalados en la ciudad. “Están el de Saint-Germain-Des-Près, el de la Defénse...pero el más concurrido, sin duda alguna, es del de Champs-Elysées”, cuenta Olivier. Altavoces con música navideña, luces de todos los colores allá donde mires, cientos de tenderetes donde puedes comprar tanto artesanía y regalos, como comida o postres. Y allí no se acaba la diversión, porque te puedes encontrar atracciones, auténticos pubs y, además, una pista de patinaje sobre hielo en este mercado. “Es frecuente el grupo de amigas que alquila una limusina en estas fechas y se pasea por la avenida de los Campos Elíseos saludando a todo cuanto pillan a su paso, o el Soirée bus (autobús de fiesta), donde los jóvenes celebran la Navidad a su manera también por la famosa avenida”, comenta Olivier.

 Puesto en el Marché de Noël,  Campos Elíseos, París.

Los parisinos lo tienen claro, no se quieren mover de París. No ahora, que empieza la Navidad, una fecha en la que la ciudad está más bella que en cualquier época del año, y en la que ni el inmenso frío puede con tanto encanto. La magia está en cada esquina, en cada avenida, en cada luz parpadeante. Ojalá todo el mundo pudiera sentir esa magia porque, como dijo Charles Dickens: “No puedo contarles la inmensa impresión que hizo París en mí. Es el lugar más extraordinario del mundo.” Y más en Navidad.

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