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Martes, 14 Mayo 2013 11:34

El euroescepticismo se abre paso en la política finlandesa

Escrito por  José Rojo

En una Europa polarizada a cuenta de la crisis de la moneda única, la brecha entre el norte y el sur es cada día más profunda. Espoleada por un populismo cada vez más afianzado en parlamentos y ayuntamientos, Finlandia se ha unido al sector capitaneado por Alemania y convertido en firme partidaria de la austeridad más rigurosa para los países rescatados por Bruselas. ¿Qué se esconde tras la dureza de esta posición? A continuación, descubriremos cómo se percibe la crisis del euro desde un país nórdico; la visión que, casi 3.000 kilómetros al norte, tienen de sus endeudados vecinos del sur.

A mediados de marzo de este año el ya minado terreno de la crisis del euro se veía socavado por la explosión de una nueva bomba mediática: Chipre, la pequeña isla al este del Mediterráneo por cuyo control político se enfrentan Grecia y Turquía desde hace décadas, lanzaba una desesperada llamada de auxilio, asfixiada por un sistema bancario al borde del colapso. En una negociación contrarreloj, los ministros de Finanzas de la zona euro optaron por un rescate con una desconcertante contrapartida: obligar al pequeño y medio ahorrador chipriota a financiar las ayudas a través de un impuesto sobre los depósitos de ahorros y, como cura en salud ante una hipotética retirada en masa de los depósitos, bloquear el dinero en las cuentas bancarias. Con un solo gesto, castigo para el ahorrador y el primer corralito de la Eurozona. La polémica prendió como la pólvora en cuestión de horas. Ante el aluvión de críticas, las partes implicadas en la negociación (el Banco Central Europeo, la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional) procedieron a echar balones fuera y atribuir esa condición del rescate a la voluntad de otros.

En un momento en el que la apuesta por la austeridad más rigurosa no pasaba por sus mejores horas, en Helsinki, capital de una pequeña economía de la periferia europea, el león del escudo finlandés se afilaba las garras y lanzaba su acometida: “Creo que todos merecemos saber la verdad, saber si es cierto que en Chipre ha existido blanqueo de capitales o no”, señalaba el primer ministro finlandés Jyrki Katainen, haciéndose eco del secreto a voces de que Nicosia llevaba décadas siendo utilizada por millonarios (rusos, en particular) como cuarto trasero en el que lavar dinero negro. Finlandia se sumaba así al frente comandado desde Berlín y exigía transparencia y la aplicación de un estricto plan presupuestario monitorizado por Bruselas a cambio de contribuir en el rescate a Chipre. No era la primera vez; esta república a orillas del Báltico ya se había mostrado partidaria de la línea más dura en antecedentes similares. ¿De dónde nace este entusiasmo por la severidad presupuestaria? ¿Qué ha ganado Finlandia con la adopción del euro? ¿Qué puede perder con la crisis de la moneda única?

Entre cohetes navideños y brindis de champán, el 1 de enero de 1999 Finlandia dijo adiós a su antigua divisa – el hoy añorado markka, o marco finlandés – y se subió a la flamante locomotora de la moneda única; un viaje sin retorno que la separó del resto de países nórdicos, que optaron por mantenerse al margen. Durante los primeros años, la jugada salió redonda: la economía finlandesa dejó rápidamente atrás los recuerdos de la terrible crisis bancaria de los 90 y experimentó un boom con el que alcanzó, y superó, al eterno hermano mayor sueco. Con el estallido de la crisis de la deuda soberana a mediados de 2009, las sonrisas empezaron a flaquear: el PIB finlandés se contrajo mucho más que el sueco, tardó mucho más en recuperarse y las cuentas del país cayeron en números rojos, un fenómeno del que no se tenía noticia desde 1993. Combinado con el declive de Nokia, gigante de las telecomunicaciones que ha quedado descabalgado de la carrera de las tabletas, la aparición de déficit ha inyectado el miedo a la recesión en un país siempre preocupado por la supervivencia. Todo ello, a pesar de que la economía finlandesa todavía puede presumir de unos indicadores que en España harían desmayarse a más de un ministro: desempleo por debajo del 7%, el único de los miembros del club AAA cuya posición está asegurada (o eso afirman las agencias de rating), unas finanzas saneadas y un PIB de nuevo en ascenso.

La crisis del euro, tres mil kilómetros más al norte

Miia Viinamäki, finlandesa de 24 años nacida en Pori, ciudad a orillas del golfo de Botnia, comparte las reticencias del ejecutivo finlandés a la hora de contribuir económicamente al rescate de otros. “Más que estrictos, me pregunto si los finlandeses estamos siendo sencillamente precavidos. El dinero que se presta debe llegar a donde corresponde, no a los bolsillos de políticos o mafias”, sostiene, en una afirmación que recuerda poderosamente a la que el propio primer ministro hacía al comienzo de este reportaje. Esta estudiante de Biotecnología hace hincapié en las dificultades a las que se enfrenta el propio país; un presupuesto cada día más ajustado, donde cada gasto (incluyendo el internacionalmente celebrado sistema educativo) se ve revisado minuciosamente y sometido a recortes. Lo cual no excluye, para ella, asistir a otros: “Los finlandeses somos ciudadanos europeos. Debemos ayudar a quienes han caído a volverse a poner en pie”.

Como ajenos al sombrío debate en negociaciones a puerta cerrada, riadas de finlandeses se concentran a diario en el puñado de centros comerciales de Helsinki; un frenesí de consumismo que abarrota cafés, librerías, supermercados, salas de cine, bares, tiendas de informática o pastelerías. En las calles, pequeños negocios y empresas start-up se disputan los pocos locales que quedan desocupados. A primera vista, la locomotora finlandesa sigue avanzando a todo gas, con crisis del euro o sin ella. ¿Milagro o espejismo? “Durante años, los finlandeses hemos hablado de la crisis del euro como algo que amenazaba a nuestra economía, pero no a nosotros personalmente”, explica Viinamäki. Algo que puede estar cambiando. Los ecos de crisis como la que devastó el país cuando colapsó la Unión Soviética, eterno socio comercial, siguen estando demasiado recientes en las mentes de aquellos que lo vivieron; si aquella crisis consiguió sacudir Finlandia, bien podría hacerlo ésta. La conciencia de ser un país pequeño, remoto y periférico sigue calando hondo en el imaginario popular finlandés; un país que debe sobrevivir frente a la adversidad y los rigores de un entorno hostil. Viinamäki sentencia: “Nos sobrepusimos entonces y nos sobrepondremos ahora. Como la mayor parte de finlandeses, tengo confianza en los políticos y el sistema”. A diferencia del endeudado sur, en Finlandia la recesión no parece haber podido derribar, por el momento, ese pilar.

Por lo pronto, la supervivencia parece haberse cobrado su precio: el populismo de Perussuomalaiset (“Auténticos Finlandeses”, en finés), formación que pegó el campanazo en las parlamentarias de 2011 y pasó de un salto del 4% al 19.1% con un discurso basado en el euroescepticismo y la antiinmigración. Con el carisma del verbo sencillo y directo, su líder Timo Soini ha desgarrado todos los convencionalismos de la tranquila política finlandesa; un remanso de paz que hasta su llegada navegaba entre las coaliciones, la sobriedad y los consensos. Aunque a tenor de las últimas encuestas la burbuja populista parece haber perdido fuelle, su efecto en el debate nacional es indiscutible: la irrupción de Perussuomalaiset ha introducido la cuestión de los rescates y su justificación en una Finlandia que se ajusta el cinturón. Un cambio en los temas pero también en las formas: empujados por el ascenso de opciones minoritarias, la tríada de partidos mayoritarios en Finlandia ha endurecido el tono y aumentado las exigencias sobre los países rescatados. El pequeño león finlandés se suma así a una larga lista de países europeos cuya política interior condiciona su respuesta a problemas comunes; una historia que ya empieza a sonar familiar en la Europa en crisis.

 

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