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Lunes, 03 Marzo 2014 18:34

Tras los pasos de la historia de Guadarrama

Escrito por  José Rojo

En la Sierra de Guadarrama, paraje natural y barrera geográfica entre Madrid y Castilla y León, existen rincones donde se esconden algunos de los pasajes de la historia reciente de España. Uno de los más señalados se encuentra en Cabeza Líjar, cumbre sembrada de búnkers, trincheras y minas de wolframio que fueron clave durante la Guerra Civil. En InfoActualidad, nos hemos calzado las botas y lanzado a explorar este singular escenario; una auténtica escapada a apenas 40 minutos en coche del centro de Madrid.

 “Hasta pronto”, se despide el alegre cartel, blanco sobre rojo, del conductor que atraviesa el Puerto de Guadarrama y entra en Castilla y León; atrás queda ya Madrid. No obstante, poco importan ya las distinciones geográficas o administrativas: el nuestro es un viaje en el tiempo. Como transición entre las dos épocas, un manto de niebla impenetrable que envuelve al visitante y que amortigua el sonido de sus pisadas a medida que se aleja del parking del Alto del León y emprende el camino hacia Cabeza Líjar. El ambiente es fantasmagórico, irreal; una quietud sólo interrumpida por la risa de los niños que, vigilados por sus familias, juegan sobre montones de nieve que se apilan a ambos lados del camino.

Poco a poco, las familias van reduciéndose en número hasta dejar solo al grupo de excursionistas en su viaje hacia el pasado. Las señales son ya evidentes: a mano izquierda, camuflado entre hileras de pinos y jirones de bruma, se alza el primer búnker, una tosca construcción asomada sobre el pueblo de Guadarrama, centenares de metros ladera abajo. El interior es diminuto, asfixiantemente oscuro; apenas cuatro paredes cerradas por un techo bajo, cubierto por telarañas que quedan atrapadas en gorros y bufandas al pasar. Como éste, en toda la sierra existen unos 500 enclaves inventariados por el Ayuntamiento de Guadarrama y que dan testimonio de los combates entre el bando nacional y el republicano durante la Guerra Civil. En su avance desde el sur y hacia la capital, las tropas franquistas ocuparon el Alto del León, punto estratégico que comunicaba Madrid con el norte. Desde allí y hostigados por la contraofensiva republicana, extendieron su control por los valles y cimas circundantes; entre ellos, la cumbre de Cabeza Líjar.

 

El wolframio, oro gris en la Europa de la Segunda Guerra Mundial

Metro a metro, la altitud en la ruta va estrechando su garra: se respira un aire cada vez más frío, un aire que presagia nieve. Lentos, casi hipnóticos, los copos descienden sobre el visitante cuando al cabo de un recodo, descubre otro de los componentes de esta ecuación histórica: la Concesión Primera de Guadarrama, una mina de wolframio a la que se accede a media ladera, en un descenso a las profundidades sólo apto para espeleólogos veteranos. Abandonada desde hace décadas, hoy el misterio sigue rodeando a esta explotación. Entre los montañeros hay quien asegura que estuvo activa durante las décadas de los 50 y 60, cuando se pusieron en pie unas cabañas para acoger a los trabajadores de la mina entre semana y excursionistas los fines de semana.

Golpe a golpe, los mineros horadaron el interior de la montaña en busca del wolframio, oro gris codiciado por la industria armamentística. Sería precisamente el wolframio la moneda de cambio con la que Franco apaciguó las exigencias de un Hitler que, en plena Segunda Guerra Mundial, buscaba cobrarse el apoyo alemán al bando nacional durante la Guerra Civil española. Desde 1940 hasta 1944, el wolframio español vistió a tanques, baterías antiaéreas y proyectiles del ejército del Tercer Reich; contrariado, el bando aliado castigó a la España franquista con embargos sobre el petróleo y sanciones que impulsaron la carestía.

 

Ascenso a la cumbre de Cabeza Líjar

Unos centenares de metros más adelante y dejado ya atrás el wolframio y su capítulo particular en la historia española, la caprichosa meteorología deslumbra con un último truco: en cuestión de segundos se disipan las nieblas y el visitante puede, al fin, absorber el reino de la montaña en toda su majestuosidad. Montes alfombrados por un manto de coníferas, cumbres de piedra desnuda coronados por la nieve… Comienza la última etapa del viaje, la más laboriosa: un ascenso en zigzag por las laderas de Cabeza Líjar entre pinos de un blanco imposible, cada tronco y cada rama recubiertos por una nieve endurecida por el viento hasta convertirse en hielo.

Al cabo de unos minutos, el visitante ve recompensado todo el esfuerzo con el premio final, la última etapa del camino: un búnker excavado en la cumbre de Cabeza Líjar. Sobre él, un mirador, una cima de vientos desde la que descubrir algunas de las vistas más espectaculares que se recuerdan. Hacia el este y oeste, la cadena montañosa del Sistema Central en toda su amplitud; desde Peñalara y Pico del Lobo, al este, hasta Gredos, al oeste. Al norte, los valles de montaña dan paso a Castilla y su meseta, reverdecida por las lluvias del invierno tardío. Al sur, las casas apiñadas de Guadarrama y Villalba, dispuestas entre el espejo reluciente de los embalses de la Jarosa y Valmayor. Al fondo, un Madrid que en el fondo nunca llega a estar demasiado lejos; cuando atardece, el sol baña con una luz dorada la superficie acristalada de las cuatro torres de Chamartín.

 

La herida abierta de la Guerra Civil

Es precisamente desde esa atalaya privilegiada que, más allá de datos y explicaciones, se hace la luz en la mente del visitante y llega al fin la comprensión de, si bien no la historia de España, de este retazo en particular; esta guerra de hermano contra hermano que se libró en escenarios como la Sierra de Guadarrama, convertida para la ocasión en muralla infranqueable entre las dos Españas. Heridas que no cicatrizan, debates entre bandos todavía irreconciliables. “En España vemos, por un lado, a quien se empeña en dar por muerto al pasado y, por otro, a quien plantea una batalla por la memoria más basada en la pasión que en la razón”, sostiene el historiador Rafael Gómez Rubio. “En la Transición se intentó generar un relato más incluyente, reescribir ese paso que dividía tanto al país. Ese relato funcionó en una sociedad absorbida mitad por el encanto del amanecer democrático, mitad por el miedo involucionista”.

Para Gómez Rubio, los historiadores españoles deben hacer autocrítica, asumir su parte de responsabilidad a la hora de dar alas a un discurso que ha impedido al país abordar los conflictos pasados. “Hacen falta historiadores valientes, que no se escondan detrás de su posición de científicos sociales y recuperen los relatos perdidos de la guerra y de antes de ella: conocer realmente a las personas que vivían en aquel tiempo y transmitir sus formas de ser. Hemos enterrado nuestro pasado por miedo a nosotros mismos”. 

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